domingo, 4 de noviembre de 2012

Veinticinco

Dani era puntual. Llegó a la casa de su amigo a las nueve en punto. Tocó a la puerta y le abrió su preciosa hermana. Una chica delgada, rubia de pelo muy ondulado, con los ojos enormemente verdes y una adorable sonrisa. Era un año menor que él.
- ¡Hola Dani! Cuánto tiempo sin verte por aquí. ¿Qué tal? - dijo ella amablemente mientras le dejaba pasar.
- Muy bien, Sandra. ¿Y tú?
- Bien también. Pasa al salón mientras te preparo algo. Mi hermano está comprando un cabezal para la fregona, que se ha roto y la necesitamos.
- Te agradecería un simple vaso de agua, no quiero tampoco molestar.
Manu y Sandra vivían solos en una casa muy grande. Sus padres se habían mudado a otra ciudad, y les dejaron su casa. A ellos les sobraba el dinero porque lo que se podían permitir mantener dos hogares.
- No molestas hombre. - dijo ella ya entrando al salón con una bandeja de dos vasos de agua y un plato de pastas.
- Gracias.
- ¿Qué te trae por aquí? Imagino que habrás venido por Manu.
- Sí, hemos quedado para dar una vuelta. - dijo intentando no dar demasiado detalle.
- Ah bueno.
- ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida? ¿Sigues con ese tal Javi?
Ella bajó la mirada.
- N-no... La verdad es que después de ta-tanto tiempo... hemos cortado. Bue-bueno, cortó él conmigo...
Dijo con la respiración entrecortada.
- Eh... Sandra... Tranquila, no te preocupes. Ese gilipollas, no te merecía.
- No es eso, lo que me duele es que mi hermano y tú tuvieseis razón desde el principio... Me cuidáis demasiado. - Por fin, volvió a tener su expresión sonriente de siempre.
- Ven aquí, anda. - dijo Dani abriendo los brazos para abrazar a la hermana de su amigo. Siempre había querido mucho a esa chica, la conocía desde pequeña y era un sol.
Ella aceptó el abrazo y juntó sus cuerpos, pudiendo oler su aroma.
En ese momento se escuchó como se abría la puerta de la casa.
- Sandra, ya he llegado. - dijo el chico mientras dejaba las llaves y el cabezal.
Se adentró en el salón mientras su amigo se separaba de su hermana.
- Hola tío. ¿Nos vamos? - dijo Manu.
- Claro. Adiós Sandra. - dijo tras darle un beso en la mejilla.
Ella se limitó a sonreír. Más tarde dijo:
- No lleguéis tarde y no bebáis mucho.
Tras decir aquello, escuchó la puerta de su casa cerrarse. Suspiró. Otra vez sola. Se dirigió al baño y se dió una relajante ducha de diez minutos, tiempo suficiente para lavarse el pelo con total tranquilidad. Se vistió y volvió al salón. Puso la televisión y se quedó dormida.

No paraba de dar vueltas por la habitación. Dentro de poquísimo tiempo la iba a tener ahí, junto a su casa. En menos de una semana. No sabía que sentir. La quería como a una verdadera hermana. Siempre habían sido muy buenos amigos, se conocían desde que nacieron y habían tenido todo tipo de confianzas a pesar de que se veían una o dos veces al año. Y con sus hermanos también se llevaba muy bien. Ahora la iba a tener ahí siempre. Casa con casa, jardín con jardín. Y no sabía si eso era una ventaja. Siempre pensó que sería ventaja pero, ¿Y si ella se cansaba de verle todos los días? Tenía la cabeza a punto de explotar. Mejor paraba de pensar.

Sandra abrió los ojos de golpe. ¿Qué había sido ese ruido? Se levantó, se dirigió al paragüero que había junto al sofá, cogió uno y lo levantó como si fuera un bate de béisbol. Se dirigió a la cocina, el lugar del que provino el ruido. Asomó primero la cabeza. Vió una sombra. Levantó el paraguas, cerró los ojos y cuandó supuestamente iba a agredir al individuo que se encontraba en la cocina, algó le frenó. Más bien, alguien.

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