miércoles, 29 de agosto de 2012
Diecisiete
El recreo concluyó. Y las tres últimas clases transcurrieron con normalidad.
- ¿Qué coño les pasa a todos los profesores hoy? - decía un chico indignado que pasaba junto a Lucía y sus amigos.
- Ese chico tiene razón, tenemos un montón de deberes para mañana. - refunfuñaba Dani.
- Los haremos en mi casa. - sonrió la chica.
Lucía le dedicó una dulce sonrisa como agradecimiento y, en un arrebato de amor se acercó y le dió un beso.
El grupo caminaba por la calle con sus carteras cargadas, deseando llegar a sus casas y sentarse a comer.
- Chicos, me marcho. - dijo Ainhoa despidiéndose.
- Adiós. - dijeron los tres al unísono.
- Yo también me tengo que marchar. - dijo Dani dirigiéndose a la calle contraria a la de Ainhoa.
Elena y Lucia caminaron hasta la siguiente calle para despedirse.
- Hasta esta tarde. - dijo Lu.
- Adiós preciosa.
Entre tanto Ainhoa ya había llegado a casa y estaba poniendo la mesa para su madre, su padre y ella. Su hermana pequeña ya había comido y su hermano mayor no estaba. Sus padres habían hecho dos fuentes enormes de ensalada de distintos tipos, dos tortillas de patatas y una pizza pequeña. Ainhoa se sirvió un poco de ensalada, un trocito pequeño de tortilla y dejó la pizza para otro día.
- Ainhoa come más. - decía su madre.
- No tengo hambre Mamá.
- Tienes mala cara. ¿Qué te ocurre, cariño? - se interesó su padre.
Ainhoa resopló.
- Tenemos un trabajo larguísimo para mañana de Historia y un montón de deberes.
Sus padres intercambiaron miradas.
- ¿Has quedado con alguien para hacerlos? - preguntó Pilar, su madre.
- Sí, el trabajo es por grupos así que hemos quedado en casa de Elena a las cinco para hacerlo. También haremos allí lo demás. - respondió su hija mientras recogía sus cosas.
Su padre la miró con aire comprensivo y le dijo cariñosamente.
- Cielo, acuéstate, descansa un poco y yo te despierto a las cuatro y media para que te prepares.
- Gracias Papá. - dijo Ainhoa dándole un beso a cada uno de sus padres.
Salió por la puerta y en su habitación, bajó las persianas un poco, cogió los cascos, puso música y se durmió profundamente.
Lucía, en su casa estaba terminando de comer.
- Eh Lucía te has manchado aquí. - dijo su hermano - Ah no, es tu cara.
Lucía se acercó y le dió una colleja al pesado de su hermano pequeño.
- Mamá , Lucía me ha pegado. - se quejó el jovencito de once años.
- Lucía, deja a tu hermano comer en paz. - dijo con mirada severa.
- Mamá yo no he...
Pero su madre no la dejó terminar.
- No quiero discutir. Come y vete a estudiar.
Pablo, el diablillo de hermano de Lucía reía a carcajadas por detrás.
- ¡Siempre me haces lo mismo! ¿¡Y a él no le dices nada!?- dijo señalando con el dedo a su hermano.
Se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero. Disgustada se metió en su habitación y se tumbó boca abajo en su cama.
Estuvo callada entre el silencio un largo rato. Hasta que llegó su madre, entró, cerró la puerta tras ella y se sentó junto a su hija.
- Lucía cariño, ten más paciencia con tu hermano por favor.
- ¿Has pensado en regañarle alguna vez a él? - dijo la chica, poniéndose boca arriba en la cama.
- Hija no tengo ojos por todas partes, no puedo saber quién ha empezado. Y en el fondo lo sabes. Si no te he castigado es porque no sé si lo que Pablo me cuenta es cierto.
Su hija empezaba a comprender. Madre e hija se sonrieron mutuamente.
- He quedado en casa de Elena para hacer un trabajo y los deberes a las cinco.
- Vale, pues ahora, lo mejor será que descanses si te espera una tarde dura. Pero ponte la alarma que yo me voy a trabajar.
- ¿Y Pablo se va a quedar aquí solo? - preguntó la chica.
- No te preocupes por eso, he hablado con Susana y va a venir a cuidarle. Y ahora descansa.
Ana le dió un beso en la frente a su hija mayor y salió de la habitación tras bajar la persiana.
Así Lucía cayó en un sueño tan profundo como el de Ainhoa.
La familia de Elena todavía no se había sentado a la mesa.
La hija menor y el hijo mayor preparaban la comida mientras que el resto abría y cerraba armarios, sacaban cosas de las estanterías y dejaban la ropa doblada sobre sus camas.
- Esto no es nada justo. - refunfuñaba la pequeña de la familia mientras removía la salsa de la carne.
- Acostúmbrate. Papá y Mamá estás estresadísimos. Todo ha venido muy rápido. - explicaba su hermano mayor.
- Pero, ¿Qué ha dicho Luis exactamente?
- Que si Papá quiere el puesto las cosas no van a ser tal y como planeamos. Lleva dando vueltas por la casa toda la mañana.
-¿Has estado aquí toda la mañana? ¿No has ido hoy a la universidad?
Su hermano simplemente negó con la cabeza mientras revisaba que la carne no se quedase cruda.
- ¿Cómo quieres que vaya a la universidad con el lío que hay montado? Lo bueno de todo esto es que estará listo antes de las cinco.
- Ufff menos mal, porque tengo que hacer un trabajo con unos amigos y vendrán a esa hora.
- Mejor le cuento lo de tu trabajo a Papá y Mamá yo. Conmigo razonan mejor. - dijo el chico guiñándole un ojo a su hermana pequeña.
Los Fernández se sentaron a la mesa a las cuatro. El hijo mayor tenía razón, lo cual no sorprendía a Elena, su hermano siempre acertaba. Sus padres no se habían enfadado. Sólo le habían puesto una norma, que como su cuarto era el que estaba todavía intacto, trabajasen allí. Y si querían merendar que bajase a la cafetería a por unos donuts. Elena aceptó las condiciones.
- ¡Dios mío! ¡Qué tarde! Y todavía me tengo que duchar.
Eran las cuatro y cuarto y había quedado con Alex a las cuatro y media. Salió corriendo a su habitación y tras coger sus pantalones cortos azul marino y su camiseta de tirantes favorita, se ducho lo más rápido que pudo para correr hacía el instituto.
Llego a las cinco menos veinte corriendo como podía. Le costaba respirar. Pobre chica, no se podía dar ni un respiro. Apoyó las manos sobre las rodillas y cogió aire.
- Llegas un poco tarde. - una voz la aturdió.
La chica levantó la mirada. No sólo veía a Alex sino que veía cuatro Alex, dando vueltas por su campo de visión. Sintió que perdía el equilibrio pero, antes de caer, el chico la agarró y la levantó.
- No hacía falta que corrieses. No me importaba esperar.
Elena se sentó en un banco con ayuda de su compañero de clase. Le miro a lo ojos. Ya no parecía aquel tío que se creía el rey del mundo. Parecía preocupado.
- Tranquilo, estoy bien. Vamos que tengo que comprar unos donuts para esta tarde antes de llegar a casa.
Se levantó con cuidado y se pusieron en camino.
Caminaron juntos charlando tranquilamente. Elena no reconocía a Alex, parecía una persona normal, aquel chico era un mundo por descubrir. La joven se atrevió incluso a contarle que se iba a mudar a Valencia.
Llegaron a la casa justo a tiempo para dejar los donuts, beber agua y abrirle la puerta a los demás compañeros de trabajo. Estaban todos.
Ainhoa entró con una sonrisa en la cara que se le desvaneció junto con la de Lucía y Dani. La entrada estaba casi vacía, los muebles y objetos que antes había ya no estaban, sólo quedaba un hueco desolador junto a la puerta que salía a la calle.
- Ha habido un cambio de planes. Me mudo este fin de semana. Todas las habitaciones menos la mía están ya casi vacías. A mi padre le han dicho que si quiere el puesto tenemos que irnos ya. Que la casa está a nuestra disposición. - explicó entristecida al ver la expresión de sus amigos.
- ¿Para eso te han llamado hoy? - preguntó Lucía con lágrimas en los ojos.
Elena asintió.
Las tres amigas se dieron un largo abrazo entre lágrimas mientras los dos chicos miraban entristecidos la escena.
- Vamos a ponernos a trabajar anda. - dijo Elena secándose las lágrimas.
- ¿Qué coño les pasa a todos los profesores hoy? - decía un chico indignado que pasaba junto a Lucía y sus amigos.
- Ese chico tiene razón, tenemos un montón de deberes para mañana. - refunfuñaba Dani.
- Los haremos en mi casa. - sonrió la chica.
Lucía le dedicó una dulce sonrisa como agradecimiento y, en un arrebato de amor se acercó y le dió un beso.
El grupo caminaba por la calle con sus carteras cargadas, deseando llegar a sus casas y sentarse a comer.
- Chicos, me marcho. - dijo Ainhoa despidiéndose.
- Adiós. - dijeron los tres al unísono.
- Yo también me tengo que marchar. - dijo Dani dirigiéndose a la calle contraria a la de Ainhoa.
Elena y Lucia caminaron hasta la siguiente calle para despedirse.
- Hasta esta tarde. - dijo Lu.
- Adiós preciosa.
Entre tanto Ainhoa ya había llegado a casa y estaba poniendo la mesa para su madre, su padre y ella. Su hermana pequeña ya había comido y su hermano mayor no estaba. Sus padres habían hecho dos fuentes enormes de ensalada de distintos tipos, dos tortillas de patatas y una pizza pequeña. Ainhoa se sirvió un poco de ensalada, un trocito pequeño de tortilla y dejó la pizza para otro día.
- Ainhoa come más. - decía su madre.
- No tengo hambre Mamá.
- Tienes mala cara. ¿Qué te ocurre, cariño? - se interesó su padre.
Ainhoa resopló.
- Tenemos un trabajo larguísimo para mañana de Historia y un montón de deberes.
Sus padres intercambiaron miradas.
- ¿Has quedado con alguien para hacerlos? - preguntó Pilar, su madre.
- Sí, el trabajo es por grupos así que hemos quedado en casa de Elena a las cinco para hacerlo. También haremos allí lo demás. - respondió su hija mientras recogía sus cosas.
Su padre la miró con aire comprensivo y le dijo cariñosamente.
- Cielo, acuéstate, descansa un poco y yo te despierto a las cuatro y media para que te prepares.
- Gracias Papá. - dijo Ainhoa dándole un beso a cada uno de sus padres.
Salió por la puerta y en su habitación, bajó las persianas un poco, cogió los cascos, puso música y se durmió profundamente.
Lucía, en su casa estaba terminando de comer.
- Eh Lucía te has manchado aquí. - dijo su hermano - Ah no, es tu cara.
Lucía se acercó y le dió una colleja al pesado de su hermano pequeño.
- Mamá , Lucía me ha pegado. - se quejó el jovencito de once años.
- Lucía, deja a tu hermano comer en paz. - dijo con mirada severa.
- Mamá yo no he...
Pero su madre no la dejó terminar.
- No quiero discutir. Come y vete a estudiar.
Pablo, el diablillo de hermano de Lucía reía a carcajadas por detrás.
- ¡Siempre me haces lo mismo! ¿¡Y a él no le dices nada!?- dijo señalando con el dedo a su hermano.
Se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero. Disgustada se metió en su habitación y se tumbó boca abajo en su cama.
Estuvo callada entre el silencio un largo rato. Hasta que llegó su madre, entró, cerró la puerta tras ella y se sentó junto a su hija.
- Lucía cariño, ten más paciencia con tu hermano por favor.
- ¿Has pensado en regañarle alguna vez a él? - dijo la chica, poniéndose boca arriba en la cama.
- Hija no tengo ojos por todas partes, no puedo saber quién ha empezado. Y en el fondo lo sabes. Si no te he castigado es porque no sé si lo que Pablo me cuenta es cierto.
Su hija empezaba a comprender. Madre e hija se sonrieron mutuamente.
- He quedado en casa de Elena para hacer un trabajo y los deberes a las cinco.
- Vale, pues ahora, lo mejor será que descanses si te espera una tarde dura. Pero ponte la alarma que yo me voy a trabajar.
- ¿Y Pablo se va a quedar aquí solo? - preguntó la chica.
- No te preocupes por eso, he hablado con Susana y va a venir a cuidarle. Y ahora descansa.
Ana le dió un beso en la frente a su hija mayor y salió de la habitación tras bajar la persiana.
Así Lucía cayó en un sueño tan profundo como el de Ainhoa.
La familia de Elena todavía no se había sentado a la mesa.
La hija menor y el hijo mayor preparaban la comida mientras que el resto abría y cerraba armarios, sacaban cosas de las estanterías y dejaban la ropa doblada sobre sus camas.
- Esto no es nada justo. - refunfuñaba la pequeña de la familia mientras removía la salsa de la carne.
- Acostúmbrate. Papá y Mamá estás estresadísimos. Todo ha venido muy rápido. - explicaba su hermano mayor.
- Pero, ¿Qué ha dicho Luis exactamente?
- Que si Papá quiere el puesto las cosas no van a ser tal y como planeamos. Lleva dando vueltas por la casa toda la mañana.
-¿Has estado aquí toda la mañana? ¿No has ido hoy a la universidad?
Su hermano simplemente negó con la cabeza mientras revisaba que la carne no se quedase cruda.
- ¿Cómo quieres que vaya a la universidad con el lío que hay montado? Lo bueno de todo esto es que estará listo antes de las cinco.
- Ufff menos mal, porque tengo que hacer un trabajo con unos amigos y vendrán a esa hora.
- Mejor le cuento lo de tu trabajo a Papá y Mamá yo. Conmigo razonan mejor. - dijo el chico guiñándole un ojo a su hermana pequeña.
Los Fernández se sentaron a la mesa a las cuatro. El hijo mayor tenía razón, lo cual no sorprendía a Elena, su hermano siempre acertaba. Sus padres no se habían enfadado. Sólo le habían puesto una norma, que como su cuarto era el que estaba todavía intacto, trabajasen allí. Y si querían merendar que bajase a la cafetería a por unos donuts. Elena aceptó las condiciones.
- ¡Dios mío! ¡Qué tarde! Y todavía me tengo que duchar.
Eran las cuatro y cuarto y había quedado con Alex a las cuatro y media. Salió corriendo a su habitación y tras coger sus pantalones cortos azul marino y su camiseta de tirantes favorita, se ducho lo más rápido que pudo para correr hacía el instituto.
Llego a las cinco menos veinte corriendo como podía. Le costaba respirar. Pobre chica, no se podía dar ni un respiro. Apoyó las manos sobre las rodillas y cogió aire.
- Llegas un poco tarde. - una voz la aturdió.
La chica levantó la mirada. No sólo veía a Alex sino que veía cuatro Alex, dando vueltas por su campo de visión. Sintió que perdía el equilibrio pero, antes de caer, el chico la agarró y la levantó.
- No hacía falta que corrieses. No me importaba esperar.
Elena se sentó en un banco con ayuda de su compañero de clase. Le miro a lo ojos. Ya no parecía aquel tío que se creía el rey del mundo. Parecía preocupado.
- Tranquilo, estoy bien. Vamos que tengo que comprar unos donuts para esta tarde antes de llegar a casa.
Se levantó con cuidado y se pusieron en camino.
Caminaron juntos charlando tranquilamente. Elena no reconocía a Alex, parecía una persona normal, aquel chico era un mundo por descubrir. La joven se atrevió incluso a contarle que se iba a mudar a Valencia.
Llegaron a la casa justo a tiempo para dejar los donuts, beber agua y abrirle la puerta a los demás compañeros de trabajo. Estaban todos.
Ainhoa entró con una sonrisa en la cara que se le desvaneció junto con la de Lucía y Dani. La entrada estaba casi vacía, los muebles y objetos que antes había ya no estaban, sólo quedaba un hueco desolador junto a la puerta que salía a la calle.
- Ha habido un cambio de planes. Me mudo este fin de semana. Todas las habitaciones menos la mía están ya casi vacías. A mi padre le han dicho que si quiere el puesto tenemos que irnos ya. Que la casa está a nuestra disposición. - explicó entristecida al ver la expresión de sus amigos.
- ¿Para eso te han llamado hoy? - preguntó Lucía con lágrimas en los ojos.
Elena asintió.
Las tres amigas se dieron un largo abrazo entre lágrimas mientras los dos chicos miraban entristecidos la escena.
- Vamos a ponernos a trabajar anda. - dijo Elena secándose las lágrimas.
martes, 28 de agosto de 2012
Dieciséis
- Mamá, eso no es nada justo.
- Lo sé cariño, pero Papá ha hablado con Luis y es lo que hay. Lo hablaremos en casa. Ahora ve a clase.
- Adiós. - dijo enfurruñada.
Colgó el teléfono de secretaría y caminó hasta uno de los despachos que había en el ala oeste del instituto.
La clase de historia en la que estaban Ainhoa, Lucía y Dani estaba casi terminando y Elena no volvía, la chica de la última fila, no atendía a la clase. No hacía más que mirar el reloj.
- Para mañana vais a leer el tema y lo expondréis por grupos de cinco. Mañana explicaréis el tema mediante la forma que deseéis. La nota va ser la misma para todos los participantes del grupo así que preparaos bien porque va a contar lo mismo que un examen en la evaluación.
Todos murmuraban excepto una chica en la primera fila que tenía el brazo levantado.
- Dime Clara. - dijo el profesor indicando que era su turno para hablar.
- Preparar la presentación de un tema entero para mañana ¿No es un poco precipitado?
El murmullo constante daba a entender que la gente estaba de acuerdo con ella.
- No. - respondió cortante el profesor. Cogió sus cosas y se marchó.
La gente empezó a levantarse para cambiar de aula.
Elena entró chocando con todos los que salían.
- Eh Elena, ¿Puedo unirme a vuestro grupo para hacer el trabajo?
- Eh... ¿Qué trabajo?
- El de Historia, gracias por dejarme que me ponga contigo. Adiós.
La chica no tenía palabras. No paraba de tartamudear. Se acercó a sus amigos.
- Em... Eh... Ams...
- Elena tenemos que hacer un trabajo de Historia para mañana, por ahora estamos, Lu, Dani, tú y yo. El grupo tiene que ser de cinco. ¿Se te ocurre alguien?
- Eh... Por desgracia sí. Alex.
- Ni hablar, es el tío más creído que conozco.
Elena explicó exactamente lo que le había pasado hacía unos minutos. Sus amigos lo aceptaron a regañadientes, al fin y al cabo, no era todo culpa de Elena.
Tras una intensa clase de Naturales, los alumnos disfrutaban de media hora de descanso.
Sentados en las gradas, mientras miraban el partido que se jugaba entre diferentes cursos hablaban del plan para la tarde.
- En mi casa no se puede. - dijo Lu.
- Ni en la mía.- continuó Ainhoa.
- En la mía menos. Mis padres tienen visita.- explicó Dani.
- ¿Qué tal en la tuya Elena? - preguntó la chica morena que estaba abrazada al chico.
- ¿Eh? - salió de sus pensamientos. - Sí, venid a la mía. Voy a avisar a Alex. - dijo con un suspiro.
El joven alto estaba sentado en el banquillo, descansando. Al verla, sonrió de una forma desconcertante e hipnotizante a la vez.
- Hemos quedado esta tarde en mi casa para hacer el trabajo. A las cinco.
- Vale. Pero no sé llegar. Quedamos aquí a las cuatro y media y me llevas.
- Eh... Pero... Pero... - La chica no tenía ni idea de qué decir mientras el chico la empujaba por la espalda para llevarla a las escaleras que subían a las gradas.
- Adiós. - dijo Alex mientras corría de nuevo al campo.- ¡Eh tíos, pasádmela!
Se giró y le guiñó el ojo a Elena que estaba atontada. No tenía ni idea de que le pasaba cuando estaba con aquel chico. Era como si se bloquease entera. Subió de nuevo a las gradas entre suspiros.
- No dejes que manipule. - le aconsejó Ainhoa.
Elena guardó silencio. Miraba a aquel deportista que jugaba tan bien al baloncesto, al que no conocía. Ella no tenía ni idea de lo duro que iba a ser trabajar con él.
- Lo sé cariño, pero Papá ha hablado con Luis y es lo que hay. Lo hablaremos en casa. Ahora ve a clase.
- Adiós. - dijo enfurruñada.
Colgó el teléfono de secretaría y caminó hasta uno de los despachos que había en el ala oeste del instituto.
La clase de historia en la que estaban Ainhoa, Lucía y Dani estaba casi terminando y Elena no volvía, la chica de la última fila, no atendía a la clase. No hacía más que mirar el reloj.
- Para mañana vais a leer el tema y lo expondréis por grupos de cinco. Mañana explicaréis el tema mediante la forma que deseéis. La nota va ser la misma para todos los participantes del grupo así que preparaos bien porque va a contar lo mismo que un examen en la evaluación.
Todos murmuraban excepto una chica en la primera fila que tenía el brazo levantado.
- Dime Clara. - dijo el profesor indicando que era su turno para hablar.
- Preparar la presentación de un tema entero para mañana ¿No es un poco precipitado?
El murmullo constante daba a entender que la gente estaba de acuerdo con ella.
- No. - respondió cortante el profesor. Cogió sus cosas y se marchó.
La gente empezó a levantarse para cambiar de aula.
Elena entró chocando con todos los que salían.
- Eh Elena, ¿Puedo unirme a vuestro grupo para hacer el trabajo?
- Eh... ¿Qué trabajo?
- El de Historia, gracias por dejarme que me ponga contigo. Adiós.
La chica no tenía palabras. No paraba de tartamudear. Se acercó a sus amigos.
- Em... Eh... Ams...
- Elena tenemos que hacer un trabajo de Historia para mañana, por ahora estamos, Lu, Dani, tú y yo. El grupo tiene que ser de cinco. ¿Se te ocurre alguien?
- Eh... Por desgracia sí. Alex.
- Ni hablar, es el tío más creído que conozco.
Elena explicó exactamente lo que le había pasado hacía unos minutos. Sus amigos lo aceptaron a regañadientes, al fin y al cabo, no era todo culpa de Elena.
Tras una intensa clase de Naturales, los alumnos disfrutaban de media hora de descanso.
Sentados en las gradas, mientras miraban el partido que se jugaba entre diferentes cursos hablaban del plan para la tarde.
- En mi casa no se puede. - dijo Lu.
- Ni en la mía.- continuó Ainhoa.
- En la mía menos. Mis padres tienen visita.- explicó Dani.
- ¿Qué tal en la tuya Elena? - preguntó la chica morena que estaba abrazada al chico.
- ¿Eh? - salió de sus pensamientos. - Sí, venid a la mía. Voy a avisar a Alex. - dijo con un suspiro.
El joven alto estaba sentado en el banquillo, descansando. Al verla, sonrió de una forma desconcertante e hipnotizante a la vez.
- Hemos quedado esta tarde en mi casa para hacer el trabajo. A las cinco.
- Vale. Pero no sé llegar. Quedamos aquí a las cuatro y media y me llevas.
- Eh... Pero... Pero... - La chica no tenía ni idea de qué decir mientras el chico la empujaba por la espalda para llevarla a las escaleras que subían a las gradas.
- Adiós. - dijo Alex mientras corría de nuevo al campo.- ¡Eh tíos, pasádmela!
Se giró y le guiñó el ojo a Elena que estaba atontada. No tenía ni idea de que le pasaba cuando estaba con aquel chico. Era como si se bloquease entera. Subió de nuevo a las gradas entre suspiros.
- No dejes que manipule. - le aconsejó Ainhoa.
Elena guardó silencio. Miraba a aquel deportista que jugaba tan bien al baloncesto, al que no conocía. Ella no tenía ni idea de lo duro que iba a ser trabajar con él.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Quince.
Elena no conocía a aquel chico que parecía sentir algo por su amiga. Pero no tenía tiempo para pensar en ello. La clase de teatro que le estaba dando la Señorita Nolan era realmente interesante. A Elena le gustaba el teatro pero nunca se había presentado a nada. Más de una vez, sus primos habían organizado en Navidad una pequeña representación en la que no tenía más remedio que participar, pero nunca había llegado a más de eso.
- Haber, ayer, me informaron de que el profesorado quiere que se haga un teatro para la fiesta de Principio de Curso. No os voy a dar el lujo de decidir si participar. Yo misma elegiré al azar, puesto que siempre se presentan las mismas personas y quiero conocer nuevos talentos.
Los alumnos comenzaron a hablar entre quejas interrumpiendo a la profesora.
- Es justo. - se limitó a decir Lucía.
El sonido de unos golpes en la mesa del profesor hicieron que el murmullo cesase.
- Mario Ramírez, Fernando Moreno, Sara García, Miriam Gutierrez, Claudia López, Lucía Castillo, Pedro González... y Elena Fernández.
Lucía se giró y contenta por participiar le guiñó el ojo a su amiga.
- Vosotros participareis, en la lista del corcho están los personajes que representareis. Podéis marcharos. Elena y Lucía, quedaos aquí.
Elena cada vez estaba más nerviosa. Ella no quería actuar.
- Profesora Nolan... yo no sé actuar. - dijo cuando ya estaba junto a la profesora.
- Señorita Fernández, el objetivo de elegir al azar a los actores, es descubrir nuevos talentos. Y yo creo en usted.
Aquella frase emocionó a Elena.
- Usted tiene el papel protagonista y, como he visto que hay complicidad entre ambas, Lucía tendrá el papel co-protagonista y la ayudará a preparárselo todo. Y ahora, marchénse a clase. - terminó por decir.
En la clase de Historia, Ainhoa le había guardado sitio a sus amigas en la última fila pero no entendía porque tardaban tanto. La gente empezaba a llegar y no podría guardarles el sitio para siempre. La prueba de ello estaba en aquel chico que se había sentado en uno de los sitios justo en el momento en el que las chicas entraban por la puerta. Al ver que sólo había un sitio junto a Ainhoa, Lu le murmuró algo a Elena justo antes de dirigirse hasta la primera fila y sentarse en el sitio libre que había junto a Dani.
- Hola. - susurró Elena.
- Hola. - dijo Ainhoa sin apartar la vista de Dani y Lu.
- ¿Te ocurre algo? - preguntó la chica intentando buscar lo que fuere que mirase su amiga.
- ¿Estos dos se conocen de algo? - señaló a la pareja de la primera fila, que no dejaban de coquetear.
Elena buscó con la mirada e intentó averiguar la impresión de Ainhoa con respecto a la pareja que harían. Lo cierto es que, pese a lo monos que eran, la mayor de las tres amigas parecía molesta.
Elena decidió no contestar.
La clase transcurría de forma aburrida para la última fila, aunque no se podría decir lo mismo de la primera fila. La puerta sonó y la secretaria del instituto entró en clase.
- Hay una llamada para una alumna. Elena Fernández.
La chica extrañada, salió del aula ante la atenta mirada de sus amigos y siguió a la secretaria hasta el teléfono.
- Haber, ayer, me informaron de que el profesorado quiere que se haga un teatro para la fiesta de Principio de Curso. No os voy a dar el lujo de decidir si participar. Yo misma elegiré al azar, puesto que siempre se presentan las mismas personas y quiero conocer nuevos talentos.
Los alumnos comenzaron a hablar entre quejas interrumpiendo a la profesora.
- Es justo. - se limitó a decir Lucía.
El sonido de unos golpes en la mesa del profesor hicieron que el murmullo cesase.
- Mario Ramírez, Fernando Moreno, Sara García, Miriam Gutierrez, Claudia López, Lucía Castillo, Pedro González... y Elena Fernández.
Lucía se giró y contenta por participiar le guiñó el ojo a su amiga.
- Vosotros participareis, en la lista del corcho están los personajes que representareis. Podéis marcharos. Elena y Lucía, quedaos aquí.
Elena cada vez estaba más nerviosa. Ella no quería actuar.
- Profesora Nolan... yo no sé actuar. - dijo cuando ya estaba junto a la profesora.
- Señorita Fernández, el objetivo de elegir al azar a los actores, es descubrir nuevos talentos. Y yo creo en usted.
Aquella frase emocionó a Elena.
- Usted tiene el papel protagonista y, como he visto que hay complicidad entre ambas, Lucía tendrá el papel co-protagonista y la ayudará a preparárselo todo. Y ahora, marchénse a clase. - terminó por decir.
En la clase de Historia, Ainhoa le había guardado sitio a sus amigas en la última fila pero no entendía porque tardaban tanto. La gente empezaba a llegar y no podría guardarles el sitio para siempre. La prueba de ello estaba en aquel chico que se había sentado en uno de los sitios justo en el momento en el que las chicas entraban por la puerta. Al ver que sólo había un sitio junto a Ainhoa, Lu le murmuró algo a Elena justo antes de dirigirse hasta la primera fila y sentarse en el sitio libre que había junto a Dani.
- Hola. - susurró Elena.
- Hola. - dijo Ainhoa sin apartar la vista de Dani y Lu.
- ¿Te ocurre algo? - preguntó la chica intentando buscar lo que fuere que mirase su amiga.
- ¿Estos dos se conocen de algo? - señaló a la pareja de la primera fila, que no dejaban de coquetear.
Elena buscó con la mirada e intentó averiguar la impresión de Ainhoa con respecto a la pareja que harían. Lo cierto es que, pese a lo monos que eran, la mayor de las tres amigas parecía molesta.
Elena decidió no contestar.
La clase transcurría de forma aburrida para la última fila, aunque no se podría decir lo mismo de la primera fila. La puerta sonó y la secretaria del instituto entró en clase.
- Hay una llamada para una alumna. Elena Fernández.
La chica extrañada, salió del aula ante la atenta mirada de sus amigos y siguió a la secretaria hasta el teléfono.
Catorce.
Caminaba por la acera camino al instituto. Pensaba en que en tan solo una semana todo habia cambiado. Su decisión habia cambiado.
Hace unos meses. El sonido del inconfundible silbido del Señor Fernández hizo que toda la familia hiciese una pausa en su vida para una reunión familiar.
- Familia, es el momento de tomar una decisión -directo al grano-. Nuestro amigo Luis me ha dicho que hay una bonita casa junto a la suya a la venta allí. Y que como hace años, el trabajo allí está asegurado. En el instituto privado, dejan entrar a los chicos a principios del segundo trimestre. Este instituto tambien tiene bachiller. Y la universidad es accesible mediante una bonita ruta en bicicleta -miró a su hijo mayor-. Si nos mudamos, sólo tendremos que mantener esta casa hasta Agosto de este año que llega.
El padre de aquella peculiar familia pasó la mirada por cada uno de sus hijos y más tarde a su esposa, quien, ante el silencio de sus hijos decidió intervenir.
- Dentro de muy poco cada uno ireis por vuestro lado. Unos a la universidad, otros con vuestras novias... Al final, solo quedaremos nosotros.
- ¿Seríais felices? - dijo Elena con voz dulce.
Sus padres asintieron y levantando la mano dijo lentamente.
- Yo voto que sí.
Poco a poco sus hermanos levantaron sus brazos hasta quedar todos de acuerdo. Aquel día el Señor Fernández llamó a su amigo valenciano, Clara comenzó a organizar, los mayores fueron informando a sus amigos y Elena se metió en su habitación, se tumbó en la cama y Se mantuvo en silencio durante horas y horas.
Una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
-¡Hola Elena!
- Hola Lu.
- Hola preciosas. - Ainhoa llegaba por detras.
- Chicas os debo una explicación. - Y así Elena se expresó de la mejor forma posible para que sus amigas comprendieran lo que había ocurrido.
Sus amigas comprendieron en seguida y caminaron Escuchandola hasta sus taquillas. Entonces se separaron cada una a la clase que le tocaba. Ainhoa llegó al aula de la Señorita Gutierrez.
- ¿Dani? ¡Dios eres tú! Ayer no te reconocí. ¿Por qué no me dijiste que te aceptaron aquí?
Ainhoa abrazó a su amigo.
- No lo supe hasta hace un mes y tú dejaste la playa hace dos.
- No me lo puedo creer. ¿Estás conmigo en Francés?
El chico asintió y sonrió, se sentó junto a su amigo y se pusieron al día de todo.
Por los pasillos, dos amigas hablaban.
- Elena ayer... Me pasó algo increíble en la fiesta, antes de salir al jardín.
- Cuenta.
- Estuve con un chico monisimo hablando y bueno no nos liamos ni nada pero creo que le gusto.
- Eso es genial. ¿Cómo se llama?
Lucía se acercó a su amiga y en un susurro desveló el nombre del chico con el que pasó la noche anterior la mayor parte del tiempo.
Hace unos meses. El sonido del inconfundible silbido del Señor Fernández hizo que toda la familia hiciese una pausa en su vida para una reunión familiar.
- Familia, es el momento de tomar una decisión -directo al grano-. Nuestro amigo Luis me ha dicho que hay una bonita casa junto a la suya a la venta allí. Y que como hace años, el trabajo allí está asegurado. En el instituto privado, dejan entrar a los chicos a principios del segundo trimestre. Este instituto tambien tiene bachiller. Y la universidad es accesible mediante una bonita ruta en bicicleta -miró a su hijo mayor-. Si nos mudamos, sólo tendremos que mantener esta casa hasta Agosto de este año que llega.
El padre de aquella peculiar familia pasó la mirada por cada uno de sus hijos y más tarde a su esposa, quien, ante el silencio de sus hijos decidió intervenir.
- Dentro de muy poco cada uno ireis por vuestro lado. Unos a la universidad, otros con vuestras novias... Al final, solo quedaremos nosotros.
- ¿Seríais felices? - dijo Elena con voz dulce.
Sus padres asintieron y levantando la mano dijo lentamente.
- Yo voto que sí.
Poco a poco sus hermanos levantaron sus brazos hasta quedar todos de acuerdo. Aquel día el Señor Fernández llamó a su amigo valenciano, Clara comenzó a organizar, los mayores fueron informando a sus amigos y Elena se metió en su habitación, se tumbó en la cama y Se mantuvo en silencio durante horas y horas.
Una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
-¡Hola Elena!
- Hola Lu.
- Hola preciosas. - Ainhoa llegaba por detras.
- Chicas os debo una explicación. - Y así Elena se expresó de la mejor forma posible para que sus amigas comprendieran lo que había ocurrido.
Sus amigas comprendieron en seguida y caminaron Escuchandola hasta sus taquillas. Entonces se separaron cada una a la clase que le tocaba. Ainhoa llegó al aula de la Señorita Gutierrez.
- ¿Dani? ¡Dios eres tú! Ayer no te reconocí. ¿Por qué no me dijiste que te aceptaron aquí?
Ainhoa abrazó a su amigo.
- No lo supe hasta hace un mes y tú dejaste la playa hace dos.
- No me lo puedo creer. ¿Estás conmigo en Francés?
El chico asintió y sonrió, se sentó junto a su amigo y se pusieron al día de todo.
Por los pasillos, dos amigas hablaban.
- Elena ayer... Me pasó algo increíble en la fiesta, antes de salir al jardín.
- Cuenta.
- Estuve con un chico monisimo hablando y bueno no nos liamos ni nada pero creo que le gusto.
- Eso es genial. ¿Cómo se llama?
Lucía se acercó a su amiga y en un susurro desveló el nombre del chico con el que pasó la noche anterior la mayor parte del tiempo.
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