El recreo concluyó. Y las tres últimas clases transcurrieron con normalidad.
- ¿Qué coño les pasa a todos los profesores hoy? - decía un chico indignado que pasaba junto a Lucía y sus amigos.
- Ese chico tiene razón, tenemos un montón de deberes para mañana. - refunfuñaba Dani.
- Los haremos en mi casa. - sonrió la chica.
Lucía le dedicó una dulce sonrisa como agradecimiento y, en un arrebato de amor se acercó y le dió un beso.
El grupo caminaba por la calle con sus carteras cargadas, deseando llegar a sus casas y sentarse a comer.
- Chicos, me marcho. - dijo Ainhoa despidiéndose.
- Adiós. - dijeron los tres al unísono.
- Yo también me tengo que marchar. - dijo Dani dirigiéndose a la calle contraria a la de Ainhoa.
Elena y Lucia caminaron hasta la siguiente calle para despedirse.
- Hasta esta tarde. - dijo Lu.
- Adiós preciosa.
Entre tanto Ainhoa ya había llegado a casa y estaba poniendo la mesa para su madre, su padre y ella. Su hermana pequeña ya había comido y su hermano mayor no estaba. Sus padres habían hecho dos fuentes enormes de ensalada de distintos tipos, dos tortillas de patatas y una pizza pequeña. Ainhoa se sirvió un poco de ensalada, un trocito pequeño de tortilla y dejó la pizza para otro día.
- Ainhoa come más. - decía su madre.
- No tengo hambre Mamá.
- Tienes mala cara. ¿Qué te ocurre, cariño? - se interesó su padre.
Ainhoa resopló.
- Tenemos un trabajo larguísimo para mañana de Historia y un montón de deberes.
Sus padres intercambiaron miradas.
- ¿Has quedado con alguien para hacerlos? - preguntó Pilar, su madre.
- Sí, el trabajo es por grupos así que hemos quedado en casa de Elena a las cinco para hacerlo. También haremos allí lo demás. - respondió su hija mientras recogía sus cosas.
Su padre la miró con aire comprensivo y le dijo cariñosamente.
- Cielo, acuéstate, descansa un poco y yo te despierto a las cuatro y media para que te prepares.
- Gracias Papá. - dijo Ainhoa dándole un beso a cada uno de sus padres.
Salió por la puerta y en su habitación, bajó las persianas un poco, cogió los cascos, puso música y se durmió profundamente.
Lucía, en su casa estaba terminando de comer.
- Eh Lucía te has manchado aquí. - dijo su hermano - Ah no, es tu cara.
Lucía se acercó y le dió una colleja al pesado de su hermano pequeño.
- Mamá , Lucía me ha pegado. - se quejó el jovencito de once años.
- Lucía, deja a tu hermano comer en paz. - dijo con mirada severa.
- Mamá yo no he...
Pero su madre no la dejó terminar.
- No quiero discutir. Come y vete a estudiar.
Pablo, el diablillo de hermano de Lucía reía a carcajadas por detrás.
- ¡Siempre me haces lo mismo! ¿¡Y a él no le dices nada!?- dijo señalando con el dedo a su hermano.
Se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero. Disgustada se metió en su habitación y se tumbó boca abajo en su cama.
Estuvo callada entre el silencio un largo rato. Hasta que llegó su madre, entró, cerró la puerta tras ella y se sentó junto a su hija.
- Lucía cariño, ten más paciencia con tu hermano por favor.
- ¿Has pensado en regañarle alguna vez a él? - dijo la chica, poniéndose boca arriba en la cama.
- Hija no tengo ojos por todas partes, no puedo saber quién ha empezado. Y en el fondo lo sabes. Si no te he castigado es porque no sé si lo que Pablo me cuenta es cierto.
Su hija empezaba a comprender. Madre e hija se sonrieron mutuamente.
- He quedado en casa de Elena para hacer un trabajo y los deberes a las cinco.
- Vale, pues ahora, lo mejor será que descanses si te espera una tarde dura. Pero ponte la alarma que yo me voy a trabajar.
- ¿Y Pablo se va a quedar aquí solo? - preguntó la chica.
- No te preocupes por eso, he hablado con Susana y va a venir a cuidarle. Y ahora descansa.
Ana le dió un beso en la frente a su hija mayor y salió de la habitación tras bajar la persiana.
Así Lucía cayó en un sueño tan profundo como el de Ainhoa.
La familia de Elena todavía no se había sentado a la mesa.
La hija menor y el hijo mayor preparaban la comida mientras que el resto abría y cerraba armarios, sacaban cosas de las estanterías y dejaban la ropa doblada sobre sus camas.
- Esto no es nada justo. - refunfuñaba la pequeña de la familia mientras removía la salsa de la carne.
- Acostúmbrate. Papá y Mamá estás estresadísimos. Todo ha venido muy rápido. - explicaba su hermano mayor.
- Pero, ¿Qué ha dicho Luis exactamente?
- Que si Papá quiere el puesto las cosas no van a ser tal y como planeamos. Lleva dando vueltas por la casa toda la mañana.
-¿Has estado aquí toda la mañana? ¿No has ido hoy a la universidad?
Su hermano simplemente negó con la cabeza mientras revisaba que la carne no se quedase cruda.
- ¿Cómo quieres que vaya a la universidad con el lío que hay montado? Lo bueno de todo esto es que estará listo antes de las cinco.
- Ufff menos mal, porque tengo que hacer un trabajo con unos amigos y vendrán a esa hora.
- Mejor le cuento lo de tu trabajo a Papá y Mamá yo. Conmigo razonan mejor. - dijo el chico guiñándole un ojo a su hermana pequeña.
Los Fernández se sentaron a la mesa a las cuatro. El hijo mayor tenía razón, lo cual no sorprendía a Elena, su hermano siempre acertaba. Sus padres no se habían enfadado. Sólo le habían puesto una norma, que como su cuarto era el que estaba todavía intacto, trabajasen allí. Y si querían merendar que bajase a la cafetería a por unos donuts. Elena aceptó las condiciones.
- ¡Dios mío! ¡Qué tarde! Y todavía me tengo que duchar.
Eran las cuatro y cuarto y había quedado con Alex a las cuatro y media. Salió corriendo a su habitación y tras coger sus pantalones cortos azul marino y su camiseta de tirantes favorita, se ducho lo más rápido que pudo para correr hacía el instituto.
Llego a las cinco menos veinte corriendo como podía. Le costaba respirar. Pobre chica, no se podía dar ni un respiro. Apoyó las manos sobre las rodillas y cogió aire.
- Llegas un poco tarde. - una voz la aturdió.
La chica levantó la mirada. No sólo veía a Alex sino que veía cuatro Alex, dando vueltas por su campo de visión. Sintió que perdía el equilibrio pero, antes de caer, el chico la agarró y la levantó.
- No hacía falta que corrieses. No me importaba esperar.
Elena se sentó en un banco con ayuda de su compañero de clase. Le miro a lo ojos. Ya no parecía aquel tío que se creía el rey del mundo. Parecía preocupado.
- Tranquilo, estoy bien. Vamos que tengo que comprar unos donuts para esta tarde antes de llegar a casa.
Se levantó con cuidado y se pusieron en camino.
Caminaron juntos charlando tranquilamente. Elena no reconocía a Alex, parecía una persona normal, aquel chico era un mundo por descubrir. La joven se atrevió incluso a contarle que se iba a mudar a Valencia.
Llegaron a la casa justo a tiempo para dejar los donuts, beber agua y abrirle la puerta a los demás compañeros de trabajo. Estaban todos.
Ainhoa entró con una sonrisa en la cara que se le desvaneció junto con la de Lucía y Dani. La entrada estaba casi vacía, los muebles y objetos que antes había ya no estaban, sólo quedaba un hueco desolador junto a la puerta que salía a la calle.
- Ha habido un cambio de planes. Me mudo este fin de semana. Todas las habitaciones menos la mía están ya casi vacías. A mi padre le han dicho que si quiere el puesto tenemos que irnos ya. Que la casa está a nuestra disposición. - explicó entristecida al ver la expresión de sus amigos.
- ¿Para eso te han llamado hoy? - preguntó Lucía con lágrimas en los ojos.
Elena asintió.
Las tres amigas se dieron un largo abrazo entre lágrimas mientras los dos chicos miraban entristecidos la escena.
- Vamos a ponernos a trabajar anda. - dijo Elena secándose las lágrimas.
HOLA,PREECIOSA tu blog me encanta y por eso te he dado un pequeño premio en mi blog: http://dejadelloraryempiezaasonreir.blogspot.com.es/
ResponderEliminarSi no sabes como va preguntame en la entrada que pone Un premio para mí? o.o
El premio es por los personajes de tu historia que cautivan desde el primer instante.
UN BESITO Y MUCHAS MUCHAS FELICIDADES(:
Te quiiero amoor
O.o Que monada de niña pero esto me lo tienes que explicar porque no he entendido nadaa ems? Yo tambien te quiero
EliminarPD.:He sido nominada o ganadora?