domingo, 30 de septiembre de 2012

Veintidós.

- Mmm... Qué bien huele. - Lucía había despertado.
En la habitación no había nadie. 
Baja los escalones de la casa de su amiga uno a uno. La chica pudo distinguir las voces de sus amigas en la cocina, así que en silencio, abre la puerta y abre los ojos como platos. 
- ¡Dormilona! ¿Te gusta la sorpresa?
En la mesa del comedor se veían tostadas, fruta, mermelada, leche, zumo, magdalenas, bollos, donuts y crèpes.
- ¿Qué es todo esto?
- Es nuestro desayuno. Aunque lo hemos preparado para ti porque tienes que tener energías para tu cita. 
- ¡Mi cita! ¡Mario! ¡Las once! ¡Mi ropa! ¡Soy tonta! 
Ainhoa y Elena reían a carcajadas, su amiga no tenía ni idea de nada.
- Desayuna y te pones el vestido y los zapatos que hay en mi armario. Mario te recogerá a las doce. Desayuna de una vez que tenemos hambre. Y como mis hermanos se despierten van a devorar esto en menos de un segundo. 
Ninguna se lo pensó dos veces y comenzaron a desayunar. Sobró un poco de todo así que lo dejaron ahí para que los dormilones tuvieran para desayunar. Lucía se duchó y se vistió. En cuanto terminó sus amigas la estaban esperando con un rizador de pelo y maquillaje. La sentaron en una banqueta y Elena comenzó a ondularle el pelo y el flequillo. Mientras Ainhoa le hacía la sombra de ojos y le echaba un poco de rímel. Lo justo para que resaltaran sus preciosos ojos sin quedar excesivo. 
A las doce el teléfono de Lucía sonó.
- ¿Si? - esta vez lo cogió Ainhoa. 
Asintió y se despidió de quien quiera que hubiese llamado.
- Princesa, su carruaje le espera. 
La chica morena estaba hecha un gran manojo de nervios. Respiró profundamente y bajó al portal. Sus amigas la observaban desde el balcón. Iba preciosa, un vestido azul celeste, acompañado de un cinturón marrón y unas sandalias del mismo color. 
- Estás preciosa. - Le dijo Mario algo nervioso.
- Gracias. - espetó tímidamente.
Ambos montaron en un elegante coche negro. Ninguno habló durante el largo trayecto.
 Mario bajó y ayudó a su amiga a salir. Ella levantó la vista. Estaban en un prado verde, junto a una playa. Había un gran trapo extendido bajo la sombra de un árbol. En  él había una cestita de mimbre. Todo parecía una película romántica. 
Ambos se sentaron en el trapo, uno junto a otro, y se quedaron en silencio, mirándose y sonriendo. 
- Si te lo propones, eres muy rómantico.
- Es una de mis virtudes. - contestó él.
Y así entre risas empezaron a comer. Y es que, mientras llegaban, les habían dado las dos y media de la tarde.
Entre tanto las chicas estaban de compras por las tiendas que había junto al parque. 
Mientras Elena estaba en el probador, Ainhoa miraba las camisetas que había colgadas en las perchas. Eligió una y se dió la vuelta. El móvil le vibró y mientras lo miraba caminó hasta la puerta en la que su amiga se cambiaba. Caminaba hasta que chocó con algo, mejor dicho con alguien. 
- Hola Alex. 
- Hola Ainhoa. ¿Qué tal?
- Bien. ¿Has venido sólo?
- No, estoy aquí con Claudia, mi novia. 
Giró la cabeza y consiguió ver a Claudia, sí, la misma Claudia que había discutido con Mario la tarde anterior. 
- Hola. - decía Elena mientras se acercaba a los chicos. 
- Alex. ¿Que haces aquí?
- Ha venido con su novia Claudia. - dijo Ainhoa señalando a la ex novia de su amigo. Lo dijo como indirecta para que supiera quien era Claudia, sin saber que iba a desencadenar una gran depresión en su amiga.
- ¡¿Novia?! ¿Claudia?
De pronto los ojos se le empezaron a inundar de lágrimas. Busco a Alex con la mirada esperando alguna explicación que él no le supo dar. 
Elena salió corriendo mientras tiraba la camiseta que iba a comprar a la cara del chico. Ainhoa no entendía nada. Pese a eso, siguió  a su amiga, que corría sin rumbo mientras lloraba desconsoladamente.

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