domingo, 4 de noviembre de 2012

Veinticinco

Dani era puntual. Llegó a la casa de su amigo a las nueve en punto. Tocó a la puerta y le abrió su preciosa hermana. Una chica delgada, rubia de pelo muy ondulado, con los ojos enormemente verdes y una adorable sonrisa. Era un año menor que él.
- ¡Hola Dani! Cuánto tiempo sin verte por aquí. ¿Qué tal? - dijo ella amablemente mientras le dejaba pasar.
- Muy bien, Sandra. ¿Y tú?
- Bien también. Pasa al salón mientras te preparo algo. Mi hermano está comprando un cabezal para la fregona, que se ha roto y la necesitamos.
- Te agradecería un simple vaso de agua, no quiero tampoco molestar.
Manu y Sandra vivían solos en una casa muy grande. Sus padres se habían mudado a otra ciudad, y les dejaron su casa. A ellos les sobraba el dinero porque lo que se podían permitir mantener dos hogares.
- No molestas hombre. - dijo ella ya entrando al salón con una bandeja de dos vasos de agua y un plato de pastas.
- Gracias.
- ¿Qué te trae por aquí? Imagino que habrás venido por Manu.
- Sí, hemos quedado para dar una vuelta. - dijo intentando no dar demasiado detalle.
- Ah bueno.
- ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida? ¿Sigues con ese tal Javi?
Ella bajó la mirada.
- N-no... La verdad es que después de ta-tanto tiempo... hemos cortado. Bue-bueno, cortó él conmigo...
Dijo con la respiración entrecortada.
- Eh... Sandra... Tranquila, no te preocupes. Ese gilipollas, no te merecía.
- No es eso, lo que me duele es que mi hermano y tú tuvieseis razón desde el principio... Me cuidáis demasiado. - Por fin, volvió a tener su expresión sonriente de siempre.
- Ven aquí, anda. - dijo Dani abriendo los brazos para abrazar a la hermana de su amigo. Siempre había querido mucho a esa chica, la conocía desde pequeña y era un sol.
Ella aceptó el abrazo y juntó sus cuerpos, pudiendo oler su aroma.
En ese momento se escuchó como se abría la puerta de la casa.
- Sandra, ya he llegado. - dijo el chico mientras dejaba las llaves y el cabezal.
Se adentró en el salón mientras su amigo se separaba de su hermana.
- Hola tío. ¿Nos vamos? - dijo Manu.
- Claro. Adiós Sandra. - dijo tras darle un beso en la mejilla.
Ella se limitó a sonreír. Más tarde dijo:
- No lleguéis tarde y no bebáis mucho.
Tras decir aquello, escuchó la puerta de su casa cerrarse. Suspiró. Otra vez sola. Se dirigió al baño y se dió una relajante ducha de diez minutos, tiempo suficiente para lavarse el pelo con total tranquilidad. Se vistió y volvió al salón. Puso la televisión y se quedó dormida.

No paraba de dar vueltas por la habitación. Dentro de poquísimo tiempo la iba a tener ahí, junto a su casa. En menos de una semana. No sabía que sentir. La quería como a una verdadera hermana. Siempre habían sido muy buenos amigos, se conocían desde que nacieron y habían tenido todo tipo de confianzas a pesar de que se veían una o dos veces al año. Y con sus hermanos también se llevaba muy bien. Ahora la iba a tener ahí siempre. Casa con casa, jardín con jardín. Y no sabía si eso era una ventaja. Siempre pensó que sería ventaja pero, ¿Y si ella se cansaba de verle todos los días? Tenía la cabeza a punto de explotar. Mejor paraba de pensar.

Sandra abrió los ojos de golpe. ¿Qué había sido ese ruido? Se levantó, se dirigió al paragüero que había junto al sofá, cogió uno y lo levantó como si fuera un bate de béisbol. Se dirigió a la cocina, el lugar del que provino el ruido. Asomó primero la cabeza. Vió una sombra. Levantó el paraguas, cerró los ojos y cuandó supuestamente iba a agredir al individuo que se encontraba en la cocina, algó le frenó. Más bien, alguien.

domingo, 14 de octubre de 2012

Veinticuatro.

Entró en todas las redes sociales de las que formaba parte. Facebook, Tuenti, Twitter, Tumblr... Tenía los cascos puestos, intentando que la música aliviara sus penas. ¿Qué estaría haciendo ella ahora?
- No, Dani, quítatela de la cabeza. No merece la pena. Por ti se mueren muchas chicas.
Se decía para sí mismo. El móvil le vibró.
"Tío, ¿dónde te metes? ¿te vienes a la discoteca esta noche?"
Era un whatsapp, de su amigo. Pensó bien lo que Manu le acababa de escribir y decidió que un poco de alcohol, baile y chicas no le harían ningún mal.
"He estado haciendo un trabajo. Claro, dime lugar y hora y allí estaré"
"Genial tío pues en mi casa a las nueve."

- Tía, Pablo está muy raro conmigo, no sé que le pasa. - decía Ainhoa antes de hincar el diente a su sandwich.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- No sé, no contesta a mis whatsapps y cuando me ve se mantiene distante.
- ¿No creerás que...? - Elena no podía terminar la frase.
- No lo sé... No sé nada.
- Cielo, Pablo te quiere.
Ainhoa no paraba de darle vueltas. ¿Y si su novio en realidad no la quería? ¿Y si estaba con otra? ¿Y si a él en realidad le gustaba Lucía?
- A lo mejor prefiere a Lu...
Elena se atragantó. Era una idea un poco descabellada pero tristemente posible.
- Ainhoa. No. ¿Has pensado en hablarlo con él? Además no lleváis casi nada juntos. ¿Una semana? No creo que se haya cansado de ti. ¡Dios mío! ¿Pero quién en su sano juicio se cansaría de ti? Si eres un sol. Y encima mírate, esos ojos, esos rizos, ese cuerpo. Si fuera un tío te pediría matrimonio.
Ambas rieron tras el beso en la mejilla que le dió Elena a su amiga.

Tras aquel beso, la pareja se cogió de la mano y comenzó a caminar por la arena. Se sentían felices. El viento empezaba a soplar, Lucía tenía frío pero se sentía demasiado a gusto con Mario.
- Vamos, antes de que cojas un resfriado.
- No te preoc...
- Te dejo en tu casa ¿no? - dijo haciendo caso omiso de sus excusas. - Además mañana sí tienes clase y deberías descansar.
- Eres un cielo.
Mario sonrió y la cogió de nuevo de la mano, llevándola al mismo coche negro que la había traído. Ambos se sentaron detrás. En silencio. Cada uno con su respectiva sonrisa tonta en la cara. Tras un trayecto un poco largo el coche paró en casa de Elena.
- ¿Que hacemos aquí? - pregunto Lucía confusa.
- Tendrás que recoger tu mochila y esas cosas ¿no?
Ella no paraba de pensar. Es que ese chico estaba en todo.
Llamaron a la puerta y abrió un chico moreno, de ojos marrones, delgado y alto. De unos aproximadamente veintitrés años. Lucía y Mario ya le conocían. Era uno de los hermanos de su amiga.
- Hola chicos.
- Hola. Es que he dejado aquí esta mañana mis cosas...
- Ahora mismo te las traigo.
En tan solo un minuto el chico apareció con su mochila de clase y una bolsa con su ropa seca y limpia de ayer.

- Voy a llamar a estos, haber por donde andan.
Elena marcó el número de su amiga y esperó a que contestara.
- ¿Si?
- Cielo, ¿Por dónde andáis?
- Estamos en la puerta de mi casa.
- Vale esperadnos allí. Un beso.
- ¡Qué rapidez! - dijo Ainhoa.
- Están es casa de Lu. ¿Vamos?
La chica asintió y juntas se dirigieron a casa de su amiga. Sonrientes. Felices. Jóvenes.

sábado, 6 de octubre de 2012

Veintitrés

Corrió y corrió hasta llegar a un tranquilo bosque que, ni si quiera ella sabía cómo había llegado hasta allí. Tras unos minutos callada escuchó su nombre a través de una voz dulcemente familiar. Entre sollozos gritó:
- ¡Estoy aquí! 
- Cariño, ¿Qué te ha ocurrido?- dijo Ainhoa mientras se sentaba a su lado y le secaba las lágrimas a su amiga. 
- Él me besó dos veces, y y...yo... Fui tonta, creí que me quería y tenía novia, y no una novia normal. Tenía a Claudia, la ex de Mario. 
Ainhoa ocultó su sorpresa, quería centrar su atención en ayudar a Elena, no en replicarle.
- Pero cielo, es Alex, es un engreído y además, te vas a Valencia, allí encontrarás a alguien mejor. 
Elena asintió tristemente y abrazó con fuerza a una de sus dos mejores amigas. Y es que una amiga es eso, alguien que por muy poco que conozcas quieres más que a nada en el mundo. 
- Son las tres, ¿Qué tal si comemos algo?- dijo posando su mano sobre su estómago.
- Me parece bien, vamos a un bar o algo. ¿Cómo crees que le irá a Mario y a Lucía? - dijo la chica rubia de pelo ondulado a su amiga. 
- Espero que bien. Hacen una buena pareja.
- Más vale que impidas que se separen que, cuando vengáis a Valencia, tienen que ser pareja ¿Eh?
Ambas rieron, escondiendo su tristeza tras aquellas preciosas sonrisas. 
Llegaron a un bar y comieron tranquilamente. Conversaban sobre cómo creían que le iría a sus amigos en su cita. ¿Se habrían besado ya? ¿Estarían los dos cortados sin saber qué decirse? ¿Hablarían como amigos y nada más? Preguntas rondaban por sus cabezas sin respuesta por ahora.

- ¿Sabes? No sabía que te gustaran los Pokemon. - dijo Lucía de repente. 
- Es que a Elena se le va la olla. Pusimos la contraseña para registrarnos en una página web de música. Para un trabajo de Tecnología. En realidad no me gustan.
- Sí, sí, seguro. - dijo ella, no muy convencida. 
- ¿Acaso me tomas por un friki? 
- Por uno de los Pokemon a lo mejor. 
- ¿Perdona? 
Lucía mostró una sonrisa traviesa y salió a correr por la playa que había junto al mantel. Mario corrió tras ella hasta alcanzarla. La agarró de la cintura mientras ella gritaba y pataleaba:
- ¡Suéltame! 
- ¿Te has fijado que últimamente cada vez que nos vemos acabamos empapados? - dijo él mientras le quitaba las sandalias para que no se le estropearan. 
- No por favor, retiro lo dicho. ¡No eres un friki! Si yo te quiero mucho. - dijo sin pensar. 
Mario paró en seco. La dejó en el suelo y le miró a los ojos. 
- ¡Te quiero! - gritó ella muy feliz. Levantó la mirada y se encontró con sus ojos, fijos en sus labios. Deseaba besarle, pero no estaba muy segura de sí misma. Mario era un gran chico, no quería que sufriera por su culpa. Así que sonrió y cuando se iba a dar la vuelta, una anciana que paseaba con su bastón por allí dijo:
- No te quedes ahí parado. ¡Bésala!
Ambos rieron y se volvieron a mirar a los ojos. Mario no lo soportaba más, acercó a la que esperaba que fuese su chica, más a él y la besó con fuerza y pasión. Hasta no verse correspondido por el beso, no se detuvo. 

- ¡Dani! Dice Mamá que recojas la habitación. - decía una pequeña de unos seis años a su hermano en otra punta de la ciudad.
- No quiero. - contestó el mayor de mala gana mientras se colocaba los cascos. 
- ¡Mamáá! Dani no quiere recoger su habitación. - decía la jovencita mientras caminaba por el pasillo.
Dani cerró la puerta de su cuarto y encenció el ordenador. Todo le recordaba a ella, no entendía porque no tenía nunca éxito con las chicas. Tenía a Lucía en el bote cuando apareció ese tal Mario y la enamoró con sus encantos de chico mayor. 
Estaba furioso. También cansado, todo le salía mal. Su hermana pequeña interrumpió sus pensamientos de nuevo.
- Dice que o recoges o no sales en tres meses.
- ¡Qué ya voy pesada! - se quejaba. 
- ¡Mamá Dani me ha dicho pesada! - gritaba mientras se volvía a ir.
Hoy era uno de esos días en los que no soportaba a Marta, su hermanita pequeña.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Veintidós.

- Mmm... Qué bien huele. - Lucía había despertado.
En la habitación no había nadie. 
Baja los escalones de la casa de su amiga uno a uno. La chica pudo distinguir las voces de sus amigas en la cocina, así que en silencio, abre la puerta y abre los ojos como platos. 
- ¡Dormilona! ¿Te gusta la sorpresa?
En la mesa del comedor se veían tostadas, fruta, mermelada, leche, zumo, magdalenas, bollos, donuts y crèpes.
- ¿Qué es todo esto?
- Es nuestro desayuno. Aunque lo hemos preparado para ti porque tienes que tener energías para tu cita. 
- ¡Mi cita! ¡Mario! ¡Las once! ¡Mi ropa! ¡Soy tonta! 
Ainhoa y Elena reían a carcajadas, su amiga no tenía ni idea de nada.
- Desayuna y te pones el vestido y los zapatos que hay en mi armario. Mario te recogerá a las doce. Desayuna de una vez que tenemos hambre. Y como mis hermanos se despierten van a devorar esto en menos de un segundo. 
Ninguna se lo pensó dos veces y comenzaron a desayunar. Sobró un poco de todo así que lo dejaron ahí para que los dormilones tuvieran para desayunar. Lucía se duchó y se vistió. En cuanto terminó sus amigas la estaban esperando con un rizador de pelo y maquillaje. La sentaron en una banqueta y Elena comenzó a ondularle el pelo y el flequillo. Mientras Ainhoa le hacía la sombra de ojos y le echaba un poco de rímel. Lo justo para que resaltaran sus preciosos ojos sin quedar excesivo. 
A las doce el teléfono de Lucía sonó.
- ¿Si? - esta vez lo cogió Ainhoa. 
Asintió y se despidió de quien quiera que hubiese llamado.
- Princesa, su carruaje le espera. 
La chica morena estaba hecha un gran manojo de nervios. Respiró profundamente y bajó al portal. Sus amigas la observaban desde el balcón. Iba preciosa, un vestido azul celeste, acompañado de un cinturón marrón y unas sandalias del mismo color. 
- Estás preciosa. - Le dijo Mario algo nervioso.
- Gracias. - espetó tímidamente.
Ambos montaron en un elegante coche negro. Ninguno habló durante el largo trayecto.
 Mario bajó y ayudó a su amiga a salir. Ella levantó la vista. Estaban en un prado verde, junto a una playa. Había un gran trapo extendido bajo la sombra de un árbol. En  él había una cestita de mimbre. Todo parecía una película romántica. 
Ambos se sentaron en el trapo, uno junto a otro, y se quedaron en silencio, mirándose y sonriendo. 
- Si te lo propones, eres muy rómantico.
- Es una de mis virtudes. - contestó él.
Y así entre risas empezaron a comer. Y es que, mientras llegaban, les habían dado las dos y media de la tarde.
Entre tanto las chicas estaban de compras por las tiendas que había junto al parque. 
Mientras Elena estaba en el probador, Ainhoa miraba las camisetas que había colgadas en las perchas. Eligió una y se dió la vuelta. El móvil le vibró y mientras lo miraba caminó hasta la puerta en la que su amiga se cambiaba. Caminaba hasta que chocó con algo, mejor dicho con alguien. 
- Hola Alex. 
- Hola Ainhoa. ¿Qué tal?
- Bien. ¿Has venido sólo?
- No, estoy aquí con Claudia, mi novia. 
Giró la cabeza y consiguió ver a Claudia, sí, la misma Claudia que había discutido con Mario la tarde anterior. 
- Hola. - decía Elena mientras se acercaba a los chicos. 
- Alex. ¿Que haces aquí?
- Ha venido con su novia Claudia. - dijo Ainhoa señalando a la ex novia de su amigo. Lo dijo como indirecta para que supiera quien era Claudia, sin saber que iba a desencadenar una gran depresión en su amiga.
- ¡¿Novia?! ¿Claudia?
De pronto los ojos se le empezaron a inundar de lágrimas. Busco a Alex con la mirada esperando alguna explicación que él no le supo dar. 
Elena salió corriendo mientras tiraba la camiseta que iba a comprar a la cara del chico. Ainhoa no entendía nada. Pese a eso, siguió  a su amiga, que corría sin rumbo mientras lloraba desconsoladamente.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Veintiuno.

Elena cogió el portátil grande, metió el DVD y colocó el ordenador en un pequeño baúl, de manera que vieran bien la pantalla desde el colchón. Entre tanto, sus dos amigas miraban el móvil.
- Tías, que fuerte. Estoy en la web del colegio.
- ¿Y?
- Que están haciendo obras en toda el área de la E.S.O. y no podemos asistir a clase.
- ¡Genial!
Ainhoa seguía revisando la noticia en su móvil atónita.
- Bueno callaros que empieza la...
El teléfono de Lucía interrumpió la frase de Elena. Era Mario. La chica lo bloqueó sin cogerlo. Sus dos amigas cruzaron las miradas pero decidieron mantenerse en silencio.
- ¿Cuál habéis puesto? -preguntó la joven morena.
- La proposi...- el mismo teléfono volvió a interrumpir a la chica, ella se acercó y miró el móvil.
Conocía el número, el mismo que aquel chico, una tarde le apuntó en un papel. Salió de la habitación ante la mirada atónita de sus amigas.
- Eh no, Elena, devuélmelo.
Pero ya había contestado
- Hola Mario.
- Hola ¿Elena?
- Sí, ¿Qué tal grandullón?
- Bien, ¿Y tú pequeñaja?
- Bien.
La chica miró a su amiga mientras sostenía el teléfono. Parecía preocupada.
- Eh... ¿Puedo hablar con Lucía?
- Mmm... ¿Contraseña?
- No me hagas decirla... - suplicó él.
- ¿Con-tra-se-ña? - insistía ella mientras ponía el altavoz sin que él lo supiera.
- Veo Pokemón cuando no tengo nada que hacer.
Las tres chicas estallaron en risas y carcajadas.
- Pasadme ya a Lu, pesadas.
- Vale... Un beso guapetón. - terminó de decir Elena mientras le tendía el teléfono a su amiga.
Ella se levantó y salió de la habitación.
- Tía.
- Dime. - decía Ainhoa.
- Tienen que salir. Pegan un montón.
Su amiga rió.
Pasó un rato y estuvieron hablando tranquilamente hasta que la puerta de la habitación se abrió y apareció Lucia sonriendo mientras se mordía el labio. Caminó en silencio hasta su sitio y se quedó callada ahí.
Sus dos amigas la miraban fijamente en silencio. Cuando por fin se dió cuenta.
- ¿Qué miráis?
- ¿Qué te ha dicho?
- Hemos quedado mañana.
- Uh... Una cita.
- No es una cita. - dijo cortante. - ¿Lo es?
- ¡Sí! - dijeron las dos chicas al unísono.
- Joder, por fin. - dijo Elena. - Estáis coladitos el uno por el otro. Lo poco que os conocéis y se os nota un montón.
Se había sonrojado.
- Mañana comemos juntos así que vosotras podéis iros por ahí sin mí.
Las chicas decidieron ver la película y ya hablar del tema mañana. En poco tiempo Ainhoa y Lucía cayeron en un profundo sueño. Elena cogió la sábana y las arropó para que no pillasen frío. Subió a la litera de arriba y, en poco tiempo se quedó también ella dormida. Por poco tiempo. Últimamente no dormía nada. Dió vueltas hasta que dieron las seis de la mañana, se levantó y se dirigió a la cocina. Tenía que darle tiempo a prepararlo todo para sus amigas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Veinte

Las chicas llegaron a casa de Elena empapadas. La chica sacó sus llaves y abrió. Su madre las esperaba en la entrada.
- ¡Dios mío! Estáis chorreando, ni que os hubierais bañado en el lago. Vuestros padres han llamado - dijo girándose para dirigirse a las dos invitadas - dormiréis aquí. El padre de Ainhoa ha pasado por aquí, ha traído ropa para las dos, ha pasado antes por tu casa Lu. Subid y daros una ducha caliente para no resfriaros y yo mientras pongo los colchones.
La primera en ducharse fue Ainhoa. Lucía mientras, llamaba a su madre y Elena ayudaba a la suya a preparar la habitación.
- Dormiréis en la litera de tus hermanos y pondremos el colchón inflable en el suelo.
Su hija se subió a la litera y comenzó a poner las sábanas.
- Oye Mamá, ¿Qué harás tú en Elche?
- Un amigo de tu padre me ha dado trabajo en una tienda de ropa para mujeres de todas las edades.
- ¿En serio? ¡Eso es genial! Que sepas que en mi tiempo iré allí a adorar la ropa que vendas.
Su madre rió.
- Elena, ¿Me prestas tu cargador del móvil?
Lucía había salido de la ducha, tenía el pelo mojado y peinado, en la mano sostenía su ropa aún mojada. Isabel, la madre de Elena, se la quitó de las manos.
- Voy a tender esto.
Y con tantas prisas como había entrado se marchó. Su hija entre tanto terminaba de poner las sábanas de la litera de arriba para empezar con las de la de abajo.
- Elena ¡Quiero casarme con tu secador! - decía Ainhoa que entró por la puerta con el pelo seco.
Las tres reían mientras juntas colocaban las dichosas sábanas en el colchón inflable.
- Oye Lu, ¿Qué es lo que ha pasado con Dani? - preguntó la mayor de las tres chicas.
Lucía suspiró.
- Me pidió un beso. Y, preguntó si le gustaba.
-¿Y...?
- No me gusta. Se enfadó y se fue.
- ¿Quieres un consejo?
La chica entristecida, asintió.
- Dani como amigo es un sol. Pero todas las chicas con las que ha salido se quejan de que quiere que todo se haga como él dice. Así que, sigue siendo su amiga, pero no le hagas daño a tu corazón con una relación con él.
Ambas se abrazaron.
- Bueno feas levantad del colchón y elegid cama. - dijo la anfitriona.
- Arriba.
- Abajo. - dijeron al unísono.
Lucía subió ágilmente a la litera de arriba y Ainhoa se sentó en la de abajo.
- ¿Y por Mario? ¿Qué sientes? - quiso saber la chica del colchón inflable.
- Pfff... No lo sé. Tengo que aclarar mis ideas.
- Ainhoa, ¿Eso de Lu es una cara triste?
- Elena creo que sí. ¿Cuál es el remedio contra la tristeza?
- ¡Chocolate!
Las tres hablaron a la vez y acto seguido rieron.
- Yo me lo tomaré en tableta. - decidió la rubia de pelo rizado.
- Mmm... Yo lo prefiero en helado. - quiso Lucía
- Yo en taza y caliente. Así que... ¡Marchando un ritual del chocolate!
Desde pequeñas, las dos mayores del grupo veían películas románticas, en las que se decía que el chocolate se tomaba cuando una chica caía en depresión. Así que entre las dos le habían dado un toque mágico a esa tradición tan surrealista para convertirla en un ritual. Decidieron que sólo se tomaría en caso de tristeza. Le enseñaron aquella extraña tradición a su amiga y pese al poco tiempo que hacía desde que se conocieron, ya lo habían puesto en práctica tres o cuatro veces.
Así Elena subió a la habitación una bandeja con los tres tipos de chocolate que sus amigas habían pedido.
- Voy a tener que entrar en depresión más a menudo. - bromeó Lucía.
- Esperad chicas, mirad lo que he traído.
Elena sacó tres DVD's de una pequeña caja de cartón.
- ¡Películas de amor! - gritaron sus dos amigas al unísono.
Les esperaba una gran noche.


Diecinueve

Los sentimientos de aquel beso volaban de nuevo por la habitación diciendo mucho más que mil palabras. 
- Oye esto tenemos que hablarlo, ahora subamos. - dijo el chico para el asombro de la chica una vez separados. 
Entraron en la habitación en la que sus tres amigos llevaban ya un buen rato esperando. 
- ¡Por fin! ¿A dónde habéis ido a por los donuts? ¿A Narnia?- se quejaba Ainhoa. 
- Ha habido un percance con las servilletas. - explicó Alex con normalidad. 
- ¿Qué clase de percance? - quiso saber Lucía. 
- Uno que ha hecho que las cosas volaran por los aires. 
Todos creían comprender pero ninguno lo hacía en realidad. Y es que "Las cosas" que volaron por la habitación no eran precisamente las servilletas. 
Los cinco compañeros consiguieron terminar toda la tarea en una hora, dejando así libre el resto de la tarde. 
- Bueno chicos, son las ocho ¿Qué os parece si nos vamos al parque que hay junto a mi casa? 
- Vale.
- Me parece bien. 
- Vale, pero ¿Os importa que llame a Pablo?
- No. - la opinión del grupo fue unánime. 
Las chicas dejaron sus carteras y archivadores en casa de Elena y, con sus móviles y dos chicos acompañandolas se dirigieron al parque "La Arboleda" el lugar donde habían quedado con Pablo. 
El parque era una masa verde en el mapa de la ciudad, con un lago enorme lleno de patos y rodeado por árboles y arbustos. Con gente intentando ganarse un poco la vida haciendo magia o algún que otro espectáculo. Junto al lago, un adorable barecito en el que la gente paraba a descansar o comer. Todos los caminos llevaban a él. Bancos con parejas de ancianos echándoles de comer a las palomas adornaban los caminos. Los árboles plantados en césped daban sombra a los jóvenes que se sentaban bajo su copa a leer o descansar. Un parque limpio en el que todavía se veían restos de hojas otoñales caídas, que el viento aún no se había llevado. Puestos ambulantes de helados o perritos calientes recorrían aquel hermoso lugar siendo empujados por un humilde empleado deseando atenderte. Aquel era un lugar de ensueño. 
- Hola chicos y...
- Alex. - Ainhoa presentó al nuevo miembro del grupo ante su novio. 
- Encantado. - Los dos chicos se dieron la mano y entablaron conversación fácilmente. Dani se unió al interesantísimo debate sobre coches que a las chicas no les interesaba en absoluto. 
Entre risas las tres amigas se dirigieron a la sombra de uno de aquellos hermosos árboles que había junto al lago. Sentadas, desde aquel lugar se podían ver los patos que nadaban por la otra parte del lago. Pese a todo, el agua tranquila era limpia y clara.
- Eh Chicas, mirad allí. 
- ¿Quién es esa chica que va con Mario? - preguntó Ainhoa. 
Ninguna contestó a la pregunta pues estaban demasiado ocupadas mirando lo que ocurría. La pareja parecía estar teniendo una fuerte discusión. Lucía, Ainhoa y Elena permanecieron en silencio hasta que la chica que acompañaba a Mario le pegó un manotazo en la cara. Las tres amigas soltaron un grito ahogado.
- No sé cómo lo vereis pero voy a intervenir. 
- Lucía... Creo que no deberías... - opinó Elena. 
Pero cuando terminó de hablar la chica ya se había marchado.
- ¡Hola Mario!
- ¿Y esta quién es? ¿Tu nuevo rollo? - dijo la jovencita que acababa de agredir a su pareja.
Lucía estaba sorprendida no sabía que decir. 
- Claudia lárgate. - decía Mario.
- No gracias, prefiero esperar a ver como la enana esta te defiende. - dijo la chica mirando a Lu con aire de superioridad.
- Mira bonita, a ver si empiezas a cuidar un poco lo que dices. 
- Niña, mi novio y yo estabamos hablando tranquilamente cuando has llegado tú. - se defendió Claudia.
- Tú y yo no somos novios ni lo seremos nunca más. Y esta chica a la que llamas enana en unos días ha pasado a ser mas importante que tú en toda mi vida. Ahora lárgate de una puta vez.
Claudia se quedó callada durante unos instantes y mientras se marchaba murmuró. 
- Bah, no vales la pena. 
- Pues anda que tú... - susurró la preciosa jovencita que había junto a Mario.
- Gracias. 
- No hay por qué darlas. - dijo ella guiñándole el ojo. 
Juntos, caminaron hasta la sombra del árbol en la que estaban Elena y Ainhoa.
- Hola Mario. - las chicas se habían levantado para darle dos besos a su amigo.
- Hola. ¿Qué hacéis aquí? Pensaba que teníais un trabajo larguísimo. 
- Hemos salido a tomar un poco el aire, ya hemos terminado.
Tres chicos que habían estado junto a una fuente de agua debatiendo sobre coches y deportes se acercaron pero sólo uno saludó. 
- Ei Mario. Hola. - dijo Pablo.
Ambos se dieron un apretón de manos. 
- Dani, Mario, Mario Dani. Alex, Mario, Mario, Alex.
De nuevo, apretón de manos. 
Estaba empezando a anochecer y ya casi no había gente en el parque. Alex se colocó detrás de Elena y, disimuladamente la agarró de la cintura, la levantó y la colocó como si fuera un saco de patatas. 
- ¡¿Qué haces?! ¡Alex! ¡Suéltame! ¡Socorro! ¡Me están secuestrando! - la chica gritaba y pataleaba sin parar pero nadie excepto sus amigos la oían. 
- Dices que no nos vas a olvidar, pero, no sé yo si eso será cierto. Así que, ¿Qué mejor forma de recordarnos que dándote un chapuzón? - decía el chico mientras se esforzaba por tenerla en brazos. 
- No serás capaz. 
- ¿Qué no? 
Alex le cogió las piernas con un brazo, agarrándola como un bebé recien nacido. Moviendo los labios pareció decir: "Te Quiero" y con un movimiento fuerte y rápido la tiró al agua. El agua esta realmente fría y ella tenía que vengarse así que abrió los ojos una vez fuera del agua, se levantó, le daba igual que se le trasparentase la ropa interior, agarró a su amigo de la mano y con ayuda de dos preciosas chicas, empujaron al chico. Alex cayó al agua agarrando a su amiga ya mojada para que volviese a caer. Los dos estaban empapados y empezaron a jugar ya en el agua. Fuera del lago Dani le murmuró algo a Mario y justo después se marchó. 
El mayor del grupo se acercó a Lucía por detrás y cuando la iba a agarrar ella se dio la vuelta se puso en su espalda y se subió en ella a caballito. Él con mucho gusto se tiró al agua con ella encima. Cuando sacaron la cabeza 
 Ainhoa y Pablo ya estaban en el lago.
Estuvieron en remojo entre risas y juegos hasta la noche cerrada. Elena era la que mas llevaba en el agua y estaba ya tiritando. Así que salió y tras ella, Mario. 
- Ya no te vas a olvidar de nosotros ¿eh?
- Me voy este fin de semana. - dijo la chica entre sollozos. 
- Elena no llores, hablaremos todos los días.
- Es que se me ha metido algo en el ojo. 
Su amigo la abrazó. Cogió una de las toallas que había pedido Dani en el bar del parque antes de meterse él también en el agua y la cubrió con ella. Cuando se hubo calmado se sentaron y entablaron conversación mientras los demás continuaban con su baño. 
- ¿Si le pido salir a Lu aceptará? - a Elena le asombró la pregunta. 
- No lo sé. 
Entre tanto, en el lago, Alex había salido a por algo de cenar. Ainhoa y Pablo conversaban abrazados sentados en una piedra en la orilla. 
- Te quiero mucho. 
- Y yo a ti. - respondía el chico. 
Lucía y Dani aún jugaban.
- Oye Lu. ¿Te puedo pedir algo?
- Claro, dime.
- ¿Me das un beso? 
- Claro. - la chica dulcemente se acercó y le besó en la mejilla.
- ¿Te gusto?
Aquello sí que pilló desprevenida a Lucía. Decidió no contestar.  Esa no era la reacción que él esperaba. 
- ¿Mario?
- Eh... 
- Perdona tengo que irme. 
Dani salió del agua, cogió una toalla y se marchó sin despedirse. Lucía resopló y salió tambien del agua.
- Pablo, ¿Te puedo preguntar algo? - decía Ainhoa que seguía acurrucada en su hombro. 
- ¿Alguna vez llegaste a salir con Lu? 
- No. - respondió con sinceridad. 
- Pero, ¿Te gustó alguna vez? 
- No.
Ainhoa soltó un largo suspiro. Pretendía seguir con su interrogatorio pero Alex interrumpió los pensamientos de Lucía, las conversaciones entre Pablo y Ainhoa y, Mario y Elena. 
- Mms... Pizza. 
Todos se relamían. El agua daba mucha hambre. Ainhoa notó que algo faltaba. 
- Emm... Lu, ¿Dónde está Dani? 
La chica bajó la mirada con tristeza. 
- Se ha ido. 
Ninguno preguntó nada más. 
- Voy a tirar esto. - dijo la chica entristecida. 
Elena le dió un codazo a Mario, quien se levantó para acompañarla. 
Se estaban empezando a oír truenos, propios de una tormenta de verano. Sin que ninguno se hubiera dado cuenta, el cielo se había nublado. En poco tiempo, empezaría a llover. Pero ningun miembro de aquel grupo de amigos se había dado cuenta. 
- Lu, esperame. 
Ella obedeció y espero a su amigo. Él llevaba otro cartón de pizzas. Caminaron hasta la papelera en silencio, sólo con el ruido de los truenos que cada vez eran más.
- Mario.
- Lucía. 
Ambos habían hablado a la vez. 
- Habla tú. - dijo la chica. 
Sin embargo el chico de diecinueve años no habló. Se quedó contemplando los preciosos ojos de su amiga. 
Ya había empezado a llover. Las gotas de lluvia mojaban sus caras. El parque empezaba a oler a tierra mojada. Un olor realmente agradable. La pareja se miraba fijamente a los ojos. Mario se estaba acércando, sin embargo Lucía le interrumpió con un suave carraspeo. Se giró y terminó de tirar los cartones. Cuando llegaron junto al grupo estaban todos dispuestos a marcharse. Elena le dió un beso a Alex en la mejilla. Y otro a Mario y a Pablo. Ainhoa besó con dulzura a su chico y se despidió de los otros dos amigos . Y es que, Alex tras esa agradable tarde, se había convertido en un amigo. Lucía simplemente se quedó apartada y no se despidió de nadie. Estaba demasiado en su mundo. 
Las chicas tenían que ir a casa de Elena y la lluvia empezaba a tener más fuerza.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Dieciocho


Los cinco alumnos subieron las escaleras de casa de Elena y entraron en su acogedora habitación. Sus paredes eran azul añil, con cuadros y fotografías colgadas.
Dani y Lucía se sentaron en el suelo, apoyados en la pared. Elena y Alex en la cama y Ainhoa en la silla del escritorio.
- El tema es... La Antigua Grecia.
- Yo he traído una enciclopedia. - dijo ainhoa sacando un gran libro de su mochila.
- Dani y yo, apuntamos la información, Ainhoa busca en su enciclopedia. Y Alex y Elena hacéis la presentación con el portátil. - organizó Lucía.
- Vale. - dijeron todos.
Así transcurrieron dos horas hasta terminar el trabajo. Un largo trabajo que con organización y estudio tendría una gran nota.
- No sé vosotros pero yo estoy muerta de hambre. - decía Ainhoa.
- He traído unos donuts, voy a por ellos. ¿Alguien quiere algo?
- Yo querría un poco de agua.
- Pues ven conmigo. - le indicó la anfitriona a su compañero.
Así Alex y Elena bajaron a la cocina. La chica le sirvió un vaso de agua y, mientras el chico bebía ella cogía la caja de donuts. Se dirigió al cajón junto al que estaba él, agarró las servilletas y cerró el cajón.
- Trae que te ayudó. - dijo Alex tirando de la caja de donuts.
- No hace falta.
- Déjame que te ayude.
- He dicho que no es necesario.
Aquella discusión se estaba convirtiendo en una guerra para ver cuál de los dos era más cabezota. Alex tiraba de la caja insistiendo en ayudar, pero Elena no quería que la viese como a una flojeras incapaz de coger una simple caja repleta de donuts así que se resistía agarrándola con fuerza.Y así en un tirón de la caja por parte de Elena, todas las servilletas salieron volando y quedaron esparcidas por todo el comedor de la cocina.
Los dos compañeros se agacharon y comenzaron a recoger las servilletas arrastrándose a gatas por el suelo.
Ya sólo quedaba una así que los dos se dirigieron con rapidez hacia ella. Miraban fijamente la servilleta sin darse cuenta de que iban a chocar hasta que, claro, se chocaron. Se frotaban sus frentes con muecas de dolor. Ambos estaban a escasos centímetros el uno del otro. Olvidando el choque se miraron a los ojos. Elena podía notar la respiración de Alex. Su corazón estaba disparado. Latía con fuerza y rapidez.
Él y Ella se acercaron lentamente y dejaron que sus sentimientos fluyeran dándose un dulce beso en los labios. Un beso que ató entre ellos un lazo de, nada más y nada menos, que amor. Ambos se separaron.
- Deberíamos subir, nos están esperando. - dijo la chica rápidamente intentando descubrir que era eso que le estaba ocurriendo.
Él era Alex, el chulo y creído del instituto. El que le enviaba una nota a todas las nuevas.
- Espera Elena. - dijo agarrándole de la muñeca.
- Oye no, olvidemos lo que acaba de ocurrir. no sé que me ha pasado. Ha sido un error. - dijo girándose.
- No es divertido vivir con la etiqueta de el chulo de la clase. No soy así. Hace tiempo perdí el control de mi mismo y empecé a hacer tonterías pero ya no soy así. He crecido.
- Yo no he dicho nada de que tú seas así. Sólo digo que lo que ha ocurrido ha sido un error.
- Yo no lo creo así. - dijo Alex dando un paso hacia Elena. - Apártate si quieres. - dijo acercándose más y más. Pero la chica no se apartó. En el fondo sentía algo por él.
Estaba bloqueada. Quería apartarse pero no podía. No hacía más que pensar en lo mucho que deseaba volver a probar sus labios. Oler su aroma. Mirar sus ojos.
Y antes de que pudiera seguir pensando el chico la volvió a besar.

miércoles, 29 de agosto de 2012

PLANO

Diecisiete

El recreo concluyó. Y las tres últimas clases transcurrieron con normalidad.
- ¿Qué coño les pasa a todos los profesores hoy? - decía un chico indignado que pasaba junto a Lucía y sus amigos.
- Ese chico tiene razón, tenemos un montón de deberes para mañana. - refunfuñaba Dani.
- Los haremos en mi casa. - sonrió la chica.
Lucía le dedicó una dulce sonrisa como agradecimiento y, en un arrebato de amor se acercó y le dió un beso.
El grupo caminaba por la calle con sus carteras cargadas, deseando llegar a sus casas y sentarse a comer.
- Chicos, me marcho. - dijo Ainhoa despidiéndose.
- Adiós. - dijeron los tres al unísono.
- Yo también me tengo que marchar. - dijo Dani dirigiéndose a la calle contraria a la de Ainhoa.
Elena y  Lucia caminaron hasta la siguiente calle para despedirse.
- Hasta esta tarde. - dijo Lu.
- Adiós preciosa.
Entre tanto Ainhoa ya había llegado a casa y estaba poniendo la mesa para su madre, su padre y ella. Su hermana pequeña ya había comido y su hermano mayor no estaba. Sus padres habían hecho dos fuentes enormes de ensalada de distintos tipos, dos tortillas de patatas y una pizza pequeña. Ainhoa se sirvió un poco de ensalada, un trocito pequeño de tortilla y dejó la pizza para otro día.
- Ainhoa come más. - decía su madre.
- No tengo hambre Mamá.
- Tienes mala cara. ¿Qué te ocurre, cariño? - se interesó su padre.
Ainhoa resopló.
- Tenemos un trabajo larguísimo para mañana de Historia y un montón de deberes.
Sus padres intercambiaron miradas.
- ¿Has quedado con alguien para hacerlos? - preguntó Pilar, su madre.
- Sí, el trabajo es por grupos así que hemos quedado en casa de Elena a las cinco para hacerlo. También haremos allí lo demás. - respondió su hija mientras recogía sus cosas.
Su padre la miró con aire comprensivo y le dijo cariñosamente.
- Cielo, acuéstate, descansa un poco y yo te despierto a las cuatro y media para que te prepares.
- Gracias Papá. - dijo Ainhoa dándole un beso a cada uno de sus padres.
Salió por la puerta y en su habitación, bajó las persianas un poco, cogió los cascos, puso música y se durmió profundamente.

Lucía, en su casa estaba terminando de comer.
- Eh Lucía te has manchado aquí. - dijo su hermano - Ah no, es tu cara.
Lucía se acercó y le dió una colleja al pesado de su hermano pequeño.
- Mamá , Lucía me ha pegado. - se quejó el jovencito de once años.
- Lucía, deja a tu hermano comer en paz. - dijo con mirada severa.
- Mamá yo no he...
Pero su madre no la dejó terminar.
- No quiero discutir. Come y vete a estudiar.
Pablo, el diablillo de hermano de Lucía reía a carcajadas por detrás.
- ¡Siempre me haces lo mismo! ¿¡Y a él no le dices nada!?- dijo señalando con el dedo a su hermano.
Se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero. Disgustada se metió en su habitación y se tumbó boca abajo en su cama.
Estuvo callada entre el silencio un largo rato. Hasta que llegó su madre, entró, cerró la puerta tras ella y se sentó junto a su hija.
- Lucía cariño, ten más paciencia con tu hermano por favor.
- ¿Has pensado en regañarle alguna vez a él? - dijo la chica, poniéndose boca arriba en la cama.
- Hija no tengo ojos por todas partes, no puedo saber quién ha empezado. Y en el fondo lo sabes. Si no te he castigado es porque no sé si lo que Pablo me cuenta es cierto.
Su hija empezaba a comprender. Madre e hija se sonrieron mutuamente.
- He quedado en casa de Elena para hacer un trabajo y los deberes a las cinco.
- Vale, pues ahora, lo mejor será que descanses si te espera una tarde dura. Pero ponte la alarma que yo me voy a trabajar.
- ¿Y Pablo se va a quedar aquí solo? - preguntó la chica.
- No te preocupes por eso, he hablado con Susana y va a venir a cuidarle. Y ahora descansa.
Ana le dió un beso en la frente a su hija mayor y salió de la habitación tras bajar la persiana.
Así Lucía cayó en un sueño tan profundo como el de Ainhoa.

La familia de Elena todavía no se había sentado a la mesa.
La hija menor y el hijo mayor preparaban  la comida mientras que el resto abría y cerraba armarios, sacaban cosas de las estanterías y dejaban la ropa doblada sobre sus camas.
- Esto no es nada justo. - refunfuñaba la pequeña de la familia mientras removía la salsa de la carne.
- Acostúmbrate. Papá y Mamá estás estresadísimos. Todo ha venido muy rápido. - explicaba su hermano mayor.
- Pero, ¿Qué ha dicho Luis exactamente?
- Que si Papá quiere el puesto las cosas no van a ser tal y como planeamos. Lleva dando vueltas por la casa toda la mañana.
-¿Has estado aquí toda la mañana? ¿No has ido hoy a la universidad?
Su hermano simplemente negó con la cabeza mientras revisaba que la carne no se quedase cruda.
- ¿Cómo quieres que vaya a la universidad con el lío que hay montado? Lo bueno de todo esto es que estará listo antes de las cinco.
- Ufff menos mal, porque tengo que hacer un trabajo con unos amigos y vendrán a esa hora.
- Mejor le cuento lo de tu trabajo a Papá y Mamá yo. Conmigo razonan mejor. - dijo el chico guiñándole un ojo a su hermana pequeña.
Los Fernández se sentaron a la mesa a las cuatro. El hijo mayor tenía razón, lo cual no sorprendía a Elena, su hermano siempre acertaba. Sus padres no se habían enfadado. Sólo le habían puesto una norma, que como su cuarto era el que estaba todavía intacto, trabajasen allí. Y si querían merendar que bajase a la cafetería a por unos donuts. Elena aceptó las condiciones.
- ¡Dios mío! ¡Qué tarde! Y todavía me tengo que duchar.
Eran las cuatro y cuarto y había quedado con Alex a las cuatro y media. Salió corriendo a su habitación y tras coger sus pantalones cortos azul marino y su camiseta de tirantes favorita, se ducho lo más rápido que pudo para correr hacía el instituto.
Llego a las cinco menos veinte corriendo como podía. Le costaba respirar. Pobre chica, no se podía dar ni un respiro. Apoyó las manos sobre las rodillas y cogió aire.
- Llegas un poco tarde. - una voz la aturdió.
La chica levantó la mirada. No sólo veía a Alex sino que veía cuatro Alex, dando vueltas por su campo de visión. Sintió que perdía el equilibrio pero, antes de caer, el chico la agarró y la levantó.
- No hacía falta que corrieses. No me importaba esperar.
Elena se sentó en un banco con ayuda de su compañero de clase. Le miro a lo ojos. Ya no parecía aquel tío que se creía el rey del mundo. Parecía preocupado.
- Tranquilo, estoy bien. Vamos que tengo que comprar unos donuts para esta tarde antes de llegar a casa.
Se levantó con cuidado y se pusieron en camino.
Caminaron juntos charlando tranquilamente. Elena no reconocía a Alex, parecía una persona normal, aquel chico era un mundo por descubrir. La joven se atrevió incluso a contarle que se iba a mudar a Valencia.
Llegaron a la casa justo a tiempo para dejar los donuts, beber agua y abrirle la puerta a los demás compañeros de trabajo. Estaban todos.
Ainhoa entró con una sonrisa en la cara que se le desvaneció junto con la de Lucía y Dani. La entrada estaba casi vacía, los muebles y objetos que antes había ya no estaban, sólo quedaba un hueco desolador junto a la puerta que salía a la calle.
- Ha habido un cambio de planes. Me mudo este fin de semana. Todas las habitaciones menos la mía están ya casi vacías. A mi padre le han dicho que si quiere el puesto tenemos que irnos ya. Que la casa está a nuestra disposición. - explicó entristecida al ver la expresión de sus amigos.
- ¿Para eso te han llamado hoy? - preguntó Lucía con lágrimas en los ojos.
Elena asintió.
Las tres amigas se dieron un largo abrazo entre lágrimas mientras los dos chicos miraban entristecidos la escena.
- Vamos a ponernos a trabajar anda. - dijo Elena secándose las lágrimas.

martes, 28 de agosto de 2012

Dieciséis

- Mamá, eso no es nada justo.
- Lo sé cariño, pero Papá ha hablado con Luis y es lo que hay. Lo hablaremos en casa. Ahora ve a clase.
- Adiós. - dijo enfurruñada.
Colgó el teléfono de secretaría y caminó hasta uno de los despachos que había en el ala oeste del instituto.

La clase de historia en la que estaban Ainhoa, Lucía y Dani estaba casi terminando y Elena no volvía, la chica de la última fila, no atendía a la clase. No hacía más que mirar el reloj.
- Para mañana vais a leer el tema y lo expondréis por grupos de cinco. Mañana explicaréis el tema mediante la forma que deseéis. La nota va ser la misma para todos los participantes del grupo así que preparaos bien porque va a contar lo mismo que un examen en la evaluación.
Todos murmuraban excepto una chica en la primera fila que tenía el brazo levantado.
- Dime Clara. - dijo el profesor indicando que era su turno para hablar.
- Preparar la presentación de un tema entero para mañana ¿No es un poco precipitado?
El murmullo constante daba a entender que la gente estaba de acuerdo con ella.
- No. - respondió cortante el profesor. Cogió sus cosas y se marchó.
La gente empezó a levantarse para cambiar de aula.
Elena entró chocando con todos los que salían.
- Eh Elena, ¿Puedo unirme a vuestro grupo para hacer el trabajo?
- Eh... ¿Qué trabajo?
- El de Historia, gracias por dejarme que me ponga contigo. Adiós.
La chica no tenía palabras. No paraba de tartamudear. Se acercó a sus amigos.
- Em... Eh... Ams...
- Elena tenemos que hacer un trabajo de Historia para mañana, por ahora estamos, Lu, Dani, tú y yo. El grupo tiene que ser de cinco. ¿Se te ocurre alguien?
- Eh... Por desgracia sí. Alex.
- Ni hablar, es el tío más creído que conozco.
Elena explicó exactamente lo que le había pasado hacía unos minutos. Sus amigos lo aceptaron a regañadientes, al fin y al cabo, no era todo culpa de Elena.

Tras una intensa clase de Naturales, los alumnos disfrutaban de media hora de descanso.
Sentados en las gradas, mientras miraban el partido que se jugaba entre diferentes cursos hablaban del plan para la tarde.
- En mi casa no se puede. - dijo Lu.
- Ni en la mía.- continuó Ainhoa.
- En la mía menos. Mis padres tienen visita.- explicó Dani.
- ¿Qué tal en la tuya Elena? - preguntó la chica morena que estaba abrazada al chico.
- ¿Eh? - salió de sus pensamientos. - Sí, venid a la mía. Voy a avisar a Alex. - dijo con un suspiro.
El joven alto estaba sentado en el banquillo, descansando. Al verla, sonrió de una forma desconcertante e hipnotizante a la vez.
- Hemos quedado esta tarde en mi casa para hacer el trabajo. A las cinco.
- Vale. Pero no sé llegar. Quedamos aquí a las cuatro y media y me llevas.
- Eh... Pero... Pero... - La chica no tenía ni idea de qué decir mientras el chico la empujaba por la espalda para llevarla a las escaleras que subían a las gradas.
- Adiós. - dijo Alex mientras corría de nuevo al campo.- ¡Eh tíos, pasádmela!
Se giró y le guiñó el  ojo a Elena que estaba atontada. No tenía ni idea de que le pasaba cuando estaba con aquel chico. Era como si se bloquease entera. Subió de nuevo a las gradas entre suspiros.
- No dejes que manipule. - le aconsejó Ainhoa.
Elena guardó silencio. Miraba a aquel deportista que jugaba tan bien al baloncesto, al que no conocía. Ella no tenía ni idea de lo duro que iba a ser trabajar con él.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Quince.

Elena no conocía a aquel chico que parecía sentir algo por su amiga. Pero no tenía tiempo para pensar en ello. La clase de teatro que le estaba dando la Señorita Nolan era realmente interesante. A Elena le gustaba el teatro pero nunca se había presentado a nada. Más de una vez, sus primos habían organizado en Navidad una pequeña representación en la que no tenía más remedio que participar, pero nunca había llegado a más de eso.
- Haber, ayer, me informaron de que el profesorado quiere que se haga un teatro para la fiesta de Principio de Curso. No os voy a dar el  lujo de decidir si participar. Yo misma elegiré al azar, puesto que siempre se presentan las mismas personas y quiero conocer nuevos talentos.
Los alumnos comenzaron a hablar entre quejas interrumpiendo a la profesora.
- Es justo. - se limitó a decir Lucía.
El sonido de unos golpes en la mesa del profesor hicieron que el murmullo cesase.
- Mario Ramírez, Fernando Moreno, Sara García, Miriam Gutierrez, Claudia López, Lucía Castillo, Pedro González... y Elena Fernández.
Lucía se giró y contenta por participiar le guiñó el ojo a su amiga.
- Vosotros participareis, en la lista del corcho están los personajes que representareis. Podéis marcharos. Elena y  Lucía, quedaos aquí.
Elena cada vez estaba más nerviosa. Ella no quería actuar.
- Profesora Nolan... yo no sé actuar. - dijo cuando ya estaba junto a la profesora.
- Señorita Fernández, el objetivo de elegir al azar a los actores, es descubrir nuevos talentos. Y yo creo en usted.
Aquella frase emocionó a Elena.
- Usted tiene el papel protagonista y, como he visto que hay complicidad entre ambas, Lucía tendrá el papel co-protagonista y la ayudará a preparárselo todo. Y ahora, marchénse a clase. - terminó por decir.

En la clase de Historia, Ainhoa le había guardado sitio a sus amigas en la última fila pero no entendía porque tardaban tanto. La gente empezaba a llegar y no podría guardarles el sitio para siempre. La prueba de ello estaba en aquel chico que se había sentado en uno de los sitios justo en el momento en el que las chicas entraban por la puerta. Al ver que sólo había un sitio junto a Ainhoa, Lu le murmuró algo a Elena justo antes de dirigirse hasta la primera fila y sentarse en el sitio libre que había junto a Dani.
- Hola. - susurró Elena.
- Hola. - dijo Ainhoa sin apartar la vista de Dani y Lu.
- ¿Te ocurre algo? - preguntó la chica intentando buscar lo que fuere que mirase su amiga.
- ¿Estos dos se conocen de algo? - señaló a la pareja de la primera fila, que no dejaban de coquetear.
Elena buscó con la mirada e intentó averiguar la impresión de Ainhoa con respecto a la pareja que harían. Lo cierto es que, pese a lo monos que eran, la mayor de las tres amigas parecía molesta.
Elena decidió no contestar.
La clase transcurría de forma aburrida para la última fila, aunque no se podría decir lo mismo de la primera fila. La puerta sonó y la secretaria del instituto entró en clase.
- Hay una llamada para una alumna. Elena Fernández.
La chica extrañada, salió del aula ante la atenta mirada de sus amigos y siguió a la secretaria hasta el teléfono.

Catorce.

Caminaba por la acera camino al instituto. Pensaba en que en tan solo una semana todo habia cambiado. Su decisión habia cambiado. 
Hace unos meses. El sonido del inconfundible silbido del Señor Fernández hizo que toda la familia hiciese una pausa en su vida para una reunión familiar. 
- Familia, es el momento de tomar una decisión -directo al grano-. Nuestro amigo Luis me ha dicho que hay una bonita casa junto a la suya a la venta allí. Y que como hace años, el trabajo allí está asegurado. En el instituto privado, dejan entrar a los chicos a principios del segundo trimestre. Este instituto tambien tiene bachiller. Y la universidad es accesible mediante una bonita ruta en bicicleta -miró a su hijo mayor-. Si nos mudamos, sólo tendremos que mantener esta casa hasta Agosto de este año que llega. 
El padre de aquella peculiar familia pasó la mirada por cada uno de sus hijos y más tarde a su esposa, quien, ante el silencio de sus hijos decidió intervenir. 
- Dentro de muy poco cada uno ireis por vuestro lado. Unos a la universidad, otros con vuestras novias... Al final, solo quedaremos nosotros. 
- ¿Seríais felices? - dijo Elena con voz dulce. 
Sus padres asintieron y levantando la mano dijo lentamente. 
- Yo voto que sí. 
Poco a poco sus hermanos levantaron sus brazos hasta quedar todos de acuerdo. Aquel día el Señor Fernández llamó a su amigo valenciano, Clara comenzó a organizar, los mayores fueron informando a sus amigos y Elena se metió en su habitación, se tumbó en la cama y Se mantuvo en silencio durante horas y horas.
Una voz familiar la sacó de sus pensamientos. 
-¡Hola Elena!
- Hola Lu. 
- Hola preciosas. - Ainhoa llegaba por detras. 
- Chicas os debo una explicación. - Y así Elena se expresó de la mejor forma posible para que sus amigas comprendieran lo que había ocurrido. 
Sus amigas comprendieron en seguida y caminaron Escuchandola hasta sus taquillas. Entonces se separaron cada una a la clase que le tocaba. Ainhoa llegó al aula de la Señorita Gutierrez.
- ¿Dani? ¡Dios eres tú! Ayer no te reconocí. ¿Por qué no me dijiste que te aceptaron aquí? 
Ainhoa abrazó a su amigo.
- No lo supe hasta hace un mes y tú dejaste la playa hace dos.
- No me lo puedo creer. ¿Estás conmigo en Francés? 
El chico asintió y sonrió, se sentó junto a su amigo y se pusieron al día de todo. 
Por los pasillos, dos amigas hablaban. 
- Elena ayer... Me pasó algo increíble en la fiesta, antes de salir al jardín.
- Cuenta. 
- Estuve con un chico monisimo hablando y bueno no nos liamos ni nada pero creo que le gusto. 
- Eso es genial. ¿Cómo se llama?
Lucía se acercó a su amiga y en un susurro desveló el nombre del chico con el que pasó la noche anterior la mayor parte del tiempo.

martes, 31 de julio de 2012

Trece.

Ainhoa bailaba contenta entre sus amigas de clase, pero de pronto se sentía sedienta. Caminó hasta la mesa de refrescos. La gente bailaba y reía, mientras ella se abría paso. Llegar a coger una Coca-Cola parecía Misión imposible.
Por fin se acercaba, ya lo veía, estaba cerca, hasta que...
- Eh... Hola... Ai...A...
- Ainhoa. Soy Ainhoa.
La chica mostró una dulce sonrisa a aquel chico que no conocía. ¿Cómo podía no conocer a alguien en su propia fiesta?
- Yo so...soy... Da... Dan... Dani.
- Encantada, perdona pero necesito un refresco- Hizo un gesto para que se apartase y pudiera coger su deseada Coca-Cola-.
Cuando se giró de nuevo  el chico había desaparecido. Ni si quiera había podido mirarle, tenía tanta sed que ni sabía con quién había hablado. Se encogió de hombros y caminó hasta el baño.
A lo lejos pareció divisar a alguien conocido. Salto entre la gente y se dió cuenta de que era su novio. Salió corriendo, pasando entre la gente. El chico la acogió entre sus brazos cuando su chica saltó sobre él y le besó como di llevasen años sin verse.
- Vamos a salir anda.
El joven alto, cogió a Ainhoa de la mano y la sacó al jardín delantero.
Al otro lado del jardín Lucía y Mario conversaban.
- Olvidemos lo que ha pasado...- decía el chico.
- Sí.- contestaba la chica mientras se secaba las lágrimas - Ella no debe saber que me lo has contado.
Mario observaba a su acompañante con tristeza, él no debería haber dicho nada, pero se le había escapado.
Elena volvió a salir al jardín y vió a su amiga secarse las lágrimas.
- ¡Lu! ¿Qué te pasa?
La afectada levantó la cabeza y miró fijamente a su amiga a los ojos. Inmediatamente supo lo que ocurría.
- Se lo has contado. - dijo con voz débil, mirando a su amigo.
El chico intentó retener las lágrimas con todas sus fuerzas.
- Lo siento. Pero...
- No ha sido culpa suya, se lo he sonsacado yo. - le interrumpió Lucía.
- Lucía, esperaba el momento para contaroslo... - dijo Elena mientras llorando abrazaba a su amiga.
- Eh, ¿Qué ocurre aquí?
Ainhoa llegó de la mano de Pablo.
- Me mudo. Me mudo a Valencia. Sé que acabo de llegar a este instituto pero mi padre dice mi padre, que le han ofrecido allí un trabajo mejor. Además tenemos amigos allí y...
- Ese no es motivo para abandonarnos, abandonar a tu familia, tu casa, tus amigas... - dijo Ainhoa sollonzando y diciendo la última palabras en un susurro casi inaudible. La chica salió corriendo del jardín.
- ¡Ainhoa espera!
- No, Elena, ¡Déjame!
Cuando la chica  hubo entrado.
- Lu, será mejor que vayamos con ella.
Y así sus amigos dejaron sola a Elena con Mario.
- Todo esto es culpa mía. - dijo el chico.
Elena sacudió la cabeza.
- No, en algún momento lo tenían que saber.
La chica, se dejó caer junto a Mario y se acurrucó en su hombro.
- Al menos te visitaremos.
- Sí y os podré enseñar mi nueva casa.
- Todo será distinto. - dijo entonces él. Acto seguido, besó a su triste amiga en le mejilla.

domingo, 29 de julio de 2012

Doce

Sonó la última campana, señal de que el primer día de clase tras un largo e inolvidable verano juvenil habia terminado.
- ¿Qué es esa sorpresa? 
Le preguntó Lucía a Ainhoa cuando estaban a solas las dos. 
- ¡Es una sorpresa! 
Elena se acercó a la pareja de amigas mirando el teléfono y dijo:
- Bueno Lu, mis hermanos no están, mi padre trabaja y mi madre acaba de comer y se va ahora asi que comemos solas. 
- Bueno, no importa. - sonrió.
- En fin chicas, esta es mi calle.
Llovían besos y abrazos. Despedidas y sonrisas.
Lu y Elena caminaron juntas hasta casa de esta última. 
- ¿Pedimos unas pizzas? - preguntó Elena ya en su casa.
- Vale, el baño. ¿Al fondo a la derecha?
Elena asintió con una sonrisa mientras sacaba dos platos y el mantel. 
- Oye, luego vamos a comprar las cosas de la lista al mercadona que hay al lado de casa de Ainhoa. Así no tenemos que ir desde aquí hasta allí tan cargadas.
- De acuerdo - opinó Lucía mientras marcaba el número del telepizza -. ¿Pedimos una Barbacoa? 
Elena se limitó en asentir.
Las dos se sentaron en cuanto les trajeron las pizzas. 
- ¿Crees que a Ainhoa y a Pablo les irá bien?
- ¿Cómo dices? - se disculpó Elena.
- Me gusta Pablo pero no puede haber nunca nada entre nosotros. A veces envidio a Ainhoa por no tener lo que ella tiene.
Elena miró seriamente a su amiga.
- Eso que dices es una estupidez, o sea, qe te guste me parece algo normal pero no puedes envidiar a Ainhoa por salir con él. Ella es tu amiga. Deberías olvidarte de Pablo, en serio.
Lucía asintió. Las dos amigas terminaron de comer y se pusieron a hacer el bizcocho. Tras unas cuantas risas y después de llenarse de harina casi toda la cara decidieron sentarse. 
- ¿Qué narices será esa sorpresa? - preguntó Elena. 
- Yo creo que es una fiesta... Tía ¿Ese reloj está en hora? - dijo la invitada señalando un reloj de pared.
- ¡Joder sí! ¡Si no nos damos prisa no llegaremos! 
Las dos chicas salieron corriendo tras coger el bizcocho y cambiarse de ropa. Llegaron al Mercadona y se dividieron la lista de manera que en diez minutos ya estuvieran fuera. Cambiaron hasta casa de Ainhoa, no podían correr tan cargadas. Cuando llegaron la música sonaba altísima y un murmullo de gente se escuchaba desde la puerta de la casa de Ainhoa. 
- ¡Chicas! Por fin. 
Lucía y Elena no tuvieron tiempo para hablar. Su amiga las cogió del brazo y tiró de ellas para dentro.
Las tres amigas se incorporaron a la fiesta. 
Cenaron, bailaron y se divirtieron. Pero Elena necesitaba respirar y salir de aquel gentío.
Se sentó en el jardín apoyando la espalda en la valla que limitaba la casa de su amiga. 
Respiró hondo. 
- Buena forma de disfrutar de una fiesta.
- ¿Mario? 
- Me han invitado.
Elena le sonrió.
- Ya lo veo.
- ¿Qué haces aquí? Deberías estar dentro disfrutando.
- Es que necesitaba respirar. Ahí dentro hay mucha gente del instituto que no conozco- explicó la chica-.
- Hola. - Lucía salió sonriente de el salón.
- Me marchó dentro, tengo que ir al baño. 
Y entró en la casa guiñandole un ojo a ambos.